San Miller, yerno

Hay yernos que se las traen. El de Mahoma es un claro ejemplo. El profeta, fatigado y en recta final de su prédica en este mundo, decide que es hora de pasar el testigo a alguien fiable, con capacidad de liderazgo e inteligente. Lógicamente, estaba pensando en su primo y yerno Alí. El profeta muere, se reúne con Alá y hace lo que hacemos todos cuando nos morimos: desde la nube que nos toca en suerte, nos dedicamos a mirar como están las cosas allá abajo. Pulsión escópica, que le dicen. Y es lo que hizo el profeta, pero cuando vio lo que sucedía, se agarró la cabeza y se hubiese querido morir si no contara con la insalvable dificultad de que ya estaba muerto. Reclamó una resucitación urgente para bajar y arreglar las cosas, pero el Jefe de la tribu le dijo lo que todo el mundo ya intuía: “Ya no hay resucitaciones para nadie, ni transmigraciones de almas, ni leches. El último resucitado acabó con mi paciencia. Acá el único egocéntrico soy yo. Estoy cansado de las niñerías de todos ustedes”.

Lo que vio el profeta es lo que ya sabemos por el anecdotario de la tragicomedia humana que insisten en llamarla historia universal: Alí no tenía tanto liderazgo, otros califas “lo caminaron” y todo terminó en luchas fraticidas y la separación entre chiítas y sunitas.

Mil quinientos años después se repite la historia. Retorno del goce, que le dicen. Cuando Lacan muere y es recibido en el cielo por el Señor (ya sabemos quién) su yerno J-A Miller se frota las manos: “Esta es la mía”. Bueno, ya lo dijo Don Carlos: “La historia se repite primero como tragedia y después como farsa”. J-A Miller que, como buen francés, conocía la sentencia de El 18 Brumario, se prometió a sí mismo que “Si hay retorno que sea como tragedia pero no como farsa” y replicó, como pudo, lo que El Otro hizo con Pedro: fatigando solemnidad balbuceó “Sobre estos Écrits et Séminaires edificaré mi Iglesia”. Fue así que creó la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Años después, amargadísimo, San Miller despotricaba por las disensiones internas y las serruchadas de piso. Eso puede verse en las imprescindibles Charlas brasileñas en las que (yéndose por las ramas ya que estaba explicando Kant con Sade) muestra asombro, con cierto desazón, por la cantidad de diferentes grupetes lacanianos en Argentina. Ovejillas descarriadas luego de la ascensión de Lacan al cielo. San Miller enseguida supo lo que nosotros: Que si hay 3 psicoanalistas en el barrio habrá cinco grupos de Campo Lacaniano. Pulsión inflacionaria argentina, que le dicen.

Retorno del goce para el yerno, pero no para nosotros, simples neuróticos que nos divertimos como locos con las aventuras y escritos de nuestros/as analistas y sus profetas. Transferencia positiva, que le dicen.

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San Miller fotografiándose en “posesión” de los Textos Sagrados. 

N. Patricio Reyes Caldarone © y Copyleft

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