Lacanibal

¿Nuestros analistas son caníbales? ¿Los caníbales son freudianos? ¿A que sabe un sujeto deseante? ¿Mi transferencia es digerible? Creo que va siendo hora de hablar de Lacan y sus caníbales. A partir de Abraham sabemos que existe una canibalística, una oralidad sádica en la que el sujeto pasa de succionar a morder. Freud mismo intentó pergeñar la idea de una “comida totémica” en la que, al comer a este individuo, me apropio de sus cualidades. También podemos pensar en la sagrada Eucaristía, rito central del cristianismo en el que, comiendo el cuerpo y sangre de Cristo, me “apropio” de Él y entro en Alianza (nueva y eterna) con Dios mismo. No hace falta aclararlo: A partir de los ocho años, los niños cristianos practican, con fruición devota, el canibalismo ritual de sus mayores, una antropofagia en toda regla si atendemos al dogma de la transubstanciación. Lacan no ofrece mucho a la canibalística: Ahí están sus escritos tempranos, tan kleinianos, donde describe los fantasmas en relación a mami: devorarla o ser devorado por ella; después, desarrolla la idea de la pulsión oral como pulsión parcial relacionada (al igual que la anal) con la demanda y nos da algún esquema de las cuatro pulsiones. No mucho más, en verdad. Digamos que no hay una canibalística como la conceptualizada por K. Abraham.

Antes de preguntarnos a qué sabe mi analista, sujeto supuesto saber, deberíamos tener una imagen mental de Lacan y sus caníbales. Seguramente será, si tenemos sentido del humor, el dibujo de una gran olla con Lacan dentro, cocinándose, mientras nuestros caníbales (muy estereotipados en su diseño) ofician de cocineros o comensales. Esa viñeta humorística es correcta. Bastante correcta. Y es que el lacanibalismo se refiere a la relación de Lacan con los caníbales, es decir, con la disciplina que los estudia: la antropología y, específicamente, con la antropología de las emociones.

Y es que no hay psicoanálisis si no es a partir de una emoción culturalmente situada. Margaret Mead y Ray Birdwhistell señalaban los enormes malentendidos en los flirteos amorosos entre los soldados estadounidenses estacionados en Inglaterra y las jóvenes inglesas. Estas opinaban que aquellos no eran más que patanes y estos decían que las inglesas eran “chicas fáciles”. Y es que los rituales amorosos de unos y otros eran completamente diferentes, sobre todo en lo referente al beso y, más precisamente, el beso en la boca (como punto de entrada o punto de llegada). El beso, en sí mismo, cambia absolutamente según grupos étnicos, clases sociales, género, grupos etarios, etc. El lacanibalismo tiene en estos cruces con las diferentes culturas afectivas una fuente inagotable de recursos para cosechar e ir más allá de los consabidos grafos supuestamente universales. Pensemos, por citar algunos ejemplos, en la proxémica o en las diferentes expresiones corporales de las emociones o en sus socializaciones ritualizadas.

Quienes hemos convivido largamente con la antropología o hemos viajado un poco sabemos cómo, por ejemplo, un tenue, un minúsculo marcador gestual en una sociedad significa muchísimo en otra. Lacan y sus caníbales es el Lacan culturalmente situado. Es un psicoanálisis que sabe…umm…sabe um pouco mais gostosobon appetit, Dr. Lecter.

Patricio Reyes C.

Otras entradas de “Carne de diván, ensalada de Lacan”:

Gruyere de Lacan
San Miller, yerno
El psicoanalista que cazaba mariposas

 

 

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