Psico-kitsch

Maneki-neko-ok¿Hay psicoanálisis kitsch? O mejor ¿Hay lecturas kitsch del psicoanálisis? Desde A. Moles sabemos que hay una “Psychologie du Kitsch” pero ¿Al revés? El asunto es complejo. Creo que los neuróticos somos, indefectiblemente, kitsch en nuestra repetición, en nuestra instance, a la manera del gato maneki-neko. Pero del otro lado del mostrador el asunto es un poco más borroso. Y eso se ve en la Academia y en la cultura popular.

Leamos, por ejemplo, las ponencias de algún seminario o congreso de psicoanalistas. Encontraremos infinidad de refritos freudianos, winicottianos, lacanianos, aulignerianos, etc. Como el viejo chiste: “Si copias a uno se llama plagio, si copias a varios se llama investigación”. Y es que uno de los principios fundantes del kitsch es, precisamente, la copia, el refrito. La refritanga conceptual es la fruición, un tanto onanística, de regodearse en cómodos colchones conceptuales sin su necesario anclaje clínico. He aquí la Antígona del Seminario VII. ¿Cuántas veces tendremos que leer refritos del mismo con apariencia de “vean-cómo-descubrí-la-pólvora”?

Es cierto que, a veces, puede haber nuevas luces sobre la Antígona de la Ética. Me ha pasado que para leer Kant con Sade tuve que recurrir, inevitablemente, al siempre pedagógico y lúcido Miller. En la Academia, la frontera entre lo kitsch y el genuino aporte es, a veces, borrosa. Describir y explicar aspectos oscuros de un texto es una cosa. Es un aporte. Refritar conceptos y glosarlos con una pátina de buen verbo, es otra: es kitsch.

El otro frente kitsch no viene de la Academia sino de la llamada “cultura popular” en el sentido americano (no europeo) del término: los media; sobre todo las revistas llamadas “femeninas” (que no feministas) que son, qué duda cabe, un chernobyl cultural en papel brillante. La banalización a través de la página de “tu amigo/a psicoterapeuta” supone un kitsch en escala industrial que, a cambio de la popularización psicoanalítica, bastardea a mansalva sus epistemologías. Algo así como “El beso” de Klimt que, repetido hasta el hartazgo, terminamos detestándolo como ya lo hicimos con los angelotes asomados de Rafael.

Alguien objetará (quizás con razón, solo quizás) mi mirada bizarra y literaria del mundo psi. No importa. Nadie me quitará el placer de escribir desde mi torre Eiffel de baquelita.

N. Patricio Reyes C.

Otras entradas de “Carne de diván, ensalada de Lacan”:

Gruyere de Lacan
San Miller, yerno
El psicoanalista que cazaba mariposas
Lacanibal
Muse de Lacan

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