El día que conocí a los Trump

trump_webI) Los Trump y yo. Conocí a Donald a través de su ex mujer Ivana en Buenos Aires hacia fines de los años noventa. Ivana tuvo un cameo en una película llamada “El club de las divorciadas” una divertida y pasatista comedia en la que, haciendo de sí misma, daba un singular consejo a las mujeres recién separadas: “Chicas, no se queden con el resentimiento, quédense con todo”. Recuerdo que la sentencia me hizo mucha gracia; luego me enteré que Trump era todo un ricachón y su divorcio fue muy sonado en los ochenta. Mi encuentro con Ivana fue en el fastuoso cine Grand Splendid de la Avenida Santa Fe, hoy reciclado en librería.

II) Concursos de belleza. Cada tanto, muy cada tanto, la soporífera literatura periodística nos brinda informaciones que son verdaderas perlas. Hace muy poco me entero que uno de los tantos negocios de D. Trump es la organización del concurso de Miss Universo. La información aparecía como un simple anexo a otras supuestamente más relevantes (entre ellas que Donald, ahora precandidato presidencial estadounidense, propuso el extravagante y xenofóbico delirio de construir un muro entre México y Estados Unidos).

III) Profesores de literatura. Seguramente a los profesores de literatura les corrió un frío sudor por la espalda cuando se anoticiaron que un candidato presidencial de un país imperial era también organizador de un concurso de belleza. Hacía centenios o milenios que no sucedía algo semejante. Cada profesión tiene sus pequeños secretos profesionales (la pila de la CPU para los informáticos, el vinagre de alcohol para los lustradores parquetistas, etc), los profesores de literatura también lo tienen. No se trata de la resolución de la polémica estética entre el Fedro de Platón y El cuervo de Poe (la belleza viene de las musas y el artista es un simple transcriptor versus el artista es un ingeniero que suda la gota gorda y llega a plasmar su creación como quién construye un puente). No, el secreto que guardan los profesores de literatura es más sencillo y, por ello mismo, más lacerante: los concursos de belleza pueden dar lugar a las guerras más atroces pero también al inicio de la literatura. Los profesores no lo dirán para no crear una psicosis generalizada en sus alumnos y, por extensión, al resto de los mortales.

IV) Sucedió hace tres mil años. Se celebraban las bodas de Tetis y Peleo. Eris, diosa de la discordia, enojada por no haber sido invitada, se presenta a la reunión y arroja una manzana de oro diciendo tan solo “Para la más bella” y desaparece. Las diosas presentes (Atenea, Afrodita, Hera) comienzan a discutir por el título. La discusión sube de tono pero, antes que se tornara violenta, Zeus decide elegir un juez para dirimir la disputa y elige a Paris, un pastor (un supuesto pastor) que apacentaba sus animales cerca de Troya. Se presentan las tres candidatas pero, en bambalinas, se cocinaban los sobornos: Atenea le ofreció sabiduría; Hera, felicidad conyugal y dicha familiar; Afrodita le prometió el amor de la mujer mortal más hermosa del mundo. Paris eligió a Afrodita a quien le entregó el premio de la manzana de oro.

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Le Jugement de Pâris (1928) Wladimir Baranoff Rossine (vanguardia rusa)

Tiempo después Atenea y Hera se enteran que Paris era, en realidad, hijo del rey troyano Príamo. El odio de Atenea y Hera se extiende hacia todos los troyanos. Lo demás ya lo conocemos: Paris rapta/seduce a Helena, esposa de Menelao y la lleva a Troya. La guerra entre los aqueos (griegos) y troyanos estalla. Los rapsodas cuentan y cantan oralmente los avatares de la Gran Guerra y sus consecuencias. Pero hubo uno, Homero, que decide, muchos años después, escribirla: Nacen La Ilíada y La Odisea, lo que es decir la literatura occidental.

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Judgment of Paris (2007) Eleanor Antin-Light Helen. Museo de Arte de San Diego, USA

V) Presente. En las antípodas del estilo, ideología y clase social del patético neonazi Donald Trump con sus concursos de belleza y sus muros troyanos (¡cuánta hýbris!), me vinieron estas reflexiones sobre este exótico personaje devenido en político releyendo La Odisea, esta vez en la edición de Cátedra (con la traducción de José Luis Calvo, con muchísimas notas) en vez de la Gredos (trad. de José Manuel Pabón). A partir de ahora, contemplar algunos de los innumerables Juicio de Paris (Cranach, Rubens, Lorrain, Simonet, etc.) o leer algo del ciclo troyano ya no será lo mismo. Y para los que vean el concurso de Miss Universo creo que tampoco. ¡Y ni hablar de sus jurados!

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El juicio de Paris (1640) Rubens – Museo del Prado

 

N. Patricio Reyes C.

Texto original (29 jul 2015): en blog sociocultural

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