Lacan atrumpado por Zizek

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I. Señorito Rottenmeier. El “escándalo Zizek”, referido a la elección de Trump, puso en el ojo de la tormenta a los intelectuales de izquierda y lacanianos a partes iguales. El debate, lejos de calmarse parece crecer, sobre todo teniendo en cuenta la próxima seguidilla de elecciones europeas. El Left Voice arde en visitas al respecto. Que un marxista lacaniano (o viceversa) como Zizek prefiera a Trump antes que a Hillary porque “puede provocar un tembladeral que, en última instancia, será beneficioso para un cambio posterior (por izquierda)” es un argumento, a mi gusto, ciego y perverso. Algo así como una pedagogía sádica: “Dejá que el nene saque el brazo por la ventanilla…cuando se lo arranquen aprenderá”. En realidad, en el centro del “escándalo Zizek” podría estar la doble confusión entre defensa y resistencia, por un lado y entre establishment y antiestablishment, por el otro. Quizás verlo desde la lectura kojeveana de la Fenomenología del espíritu de Hegel, más precisamente la dialéctica del amo y el esclavo releida desde Lacan pueda aclarar algo las cosas. Veamos brevemente estos tres puntos.

II. Stalker. Cuando Lacan machaca a Anna Freud su indistinción entre defensa y resistencia lo que hace es deslindar el campo del objeto del campo del fantasma. La resistencia, en relación a la cura psicoanalítica, se refiere a las respuestas imaginarias a las intrusiones del significante, mientras que el fantasma (lo que sería la defensa para A.Freud) es una estructura simbólica que sostiene al sujeto para que no caiga en el goce. Por eso, desde el lacanismo, se afirma que el deseo es la mejor defensa en la medida en que impone una línea demarcatoria, un cierto límite que es una interdicción al mundo del goce. Zizek, tan sesudo como ególatra, levantó esa tranquera y fue directamente a ese mundo interdicto, a esa “zona” de la que nos hablaba, tan poéticamente, el Stalker de Tarkovsky.

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Stalker – La zona

De allí la perversión de Zizek en su apuesta de Trump. Queda la duda de si eso constituye una simple actitud perversa de un intelectual reconocido o supone un ejemplo más de una estructura clínica idiosincrática. El exhibicionismo mediático del personaje, en su clara pulsión escopofílica (Zizek es un consciente “chupacámaras”), podría inclinar la balanza a este último lado. Nunca lo sabremos.

III. John Galt. El segundo punto se refiere a ese lugar común del análisis político que consiste en afirmar que el “sistema” (el “establishment”) está siendo contestado últimamente por fuerzas extremas, a izquierda y derecha, que intentan socavarlo con más o menos éxito. El bipartidismo español del PP-PSOE por la irrupción de Podemos, Nueva Democracia-PASOK por Syriza en Grecia, republicanos y demócratas por outsiders como Trump o Sanders. Y así sucesivamente. Semejante lectura es, simplemente, falsa y aviesa. Le Pen o Trump no son, precisamente, antisistema sino que son, a la inversa y fundamentalmente, “El” sistema. Y del otro lado del espectro, no hacen faltan pruebas para demostrar donde terminan los neorreformismos a lo Syriza. El prurito de indignación moral que dice, con pancartas, “Trump no es mi presidente” y que coaliga a las almas bellas (volvemos a Hegel) tiene un sostén en el ínsito desconocimiento de la propia responsabilidad en el “putrefacto mundo que nos toca vivir”. Algo así como las quejas de Dora con respecto a sus hombres (“solo soy un objeto para ellos”) quien es interpelada por Freud al situar su propia complicidad en los eventos que describe.

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Ida Bauer (Dora)

En lo social esa es la función encubridora de la ideología. Por eso, la coalición de las almas bellas contra Trump es, y no puede ser de otra forma, Wall Street intentando situarse en el centro del ring. El cineasta Michael Moore, queriendo desodorizar al salvaje capitalismo, sería su mejor ejemplo. “Para que no caigamos en Le Pen/Trump, vótenme” nos dirá Sarkozy dentro de unas semanas, reuniendo a todos (o casi todos) contra los supuestos orcos antisistema. Pero la lectura debe hacerse en su envés.

Para que se entienda: Trump es el corazón del sistema, como también lo es Le Pen. Los Sarkozy, los Hollande, los Clinton son la periferia, su rostro humano, su maquillaje y su vestimenta. Y hasta ahora gobernó esa periferia neokeynesiana. Trump no es una execrencia del capitalismo sino, precisamente, su esencia. Trump no es un outsider, es un restaurador, es un volver a los orígenes. Para entendernos, Trump es el John Galt de Ayn Rand.

atlasshrugged_webUn Galt mundial pero no global. Y esa es la diferencia que confunde en torno al supuesto “proteccionismo”. Hasta un niño de pecho lo sabe: la Serie Mundial de béisbol es mundial porque va de New York a California. Por eso los Cubs de Chicago son los campeones mundiales 2016: porque vencieron a los Indians de Cleveland. Ese es el “sistema-mundo-Trump”, en su relectura bizarra de Wallerstein. El ruido cacofónico de Trump no es más que un simple cambio de sillas en el consejo de administración del capitalismo que los manuales llaman Estado. No es un golpe al establishment sino el ruido que hacen las sillas al intercambiarse con gente particularmente ruidosa; ruido que los manuales llaman medios de comunicación. Para ser gráficos con un ejemplo más allá del charco: la Bayer que apoyó a Hitler y luego al socialdemócrata Brandt y en 2016 compró al gigante Monsanto es y será siendo la misma, lo único que cambia son sus niños jugando a ese juego de la silla.

IV. Esos zapatos de Zizek no tocan este barro. Veamos, por último, la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel que retoma Lacan vía Kojeve pero no tanto el remanido discurso del amo sino el de algunos fragmentos de los Ecrits. La rebelión que espera Zizek a partir de “lo-que-provocará-Trump”, no pasa de ser una fantasía sobre un esclavo neurótico obsesivo que intenta llegar a su meta de liberación a través de la muerte de su amo. Y ahí es donde patina fiero Don Zizek. El amo, debería saberlo, nunca muere y las dudas y la procastinación del esclavo se harán cada vez más obsesivas y eternas en la medida en que constate ese hecho. El error de Zizek es dar esperanza a esa espera, a esa muerte del amo, a ese “algo pasará con este energúmeno en el poder”. Y yerra porque nada pasará que no sea lo que se establezca en una relación de fuerzas sociales que posibiliten que pase. Ningún amo muere, solo puede derrocado a través de una inversión en la relación de fuerzas. Es precisamente eso, la lucha política frontal y directa, meterse en el barro, lo que parece rehuir Zizek, pontificando desde el púlpito de la academia y provocando, eso sí, el agitado cuchicheo de sus feligreses.

V. Coda-Wilde. Cuando me enteré del desfile de la victoria del Ku klux Klan para el 3 de diciembre en Carolina del Norte bajo el lema “La raza de Trump unió a mi gente” recordé el siempre aplicable dicho de O. Wilde: que la realidad, a veces, imita al arte. Me refiero al “B.Y.O.B.” de los excelentes System Of a Down del año 2005. ¡Vaya tema! Casi al nivel de “Toxicity” o “Chop Suey!” pero más clarividente.

 

N. Patricio Reyes C. Copyleft copyleft, 2016.

Otras entradas de “Carne de diván, ensalada de Lacan”:

Gruyere de Lacan
San Miller, yerno
El psicoanalista que cazaba mariposas
Lacanibal
Muse de Lacan
Psico-kitsch
Los gatos de Lacan
Lacan-1997: Error del sistema



El día que conocí a los Trump

trump_webI) Los Trump y yo. Conocí a Donald a través de su ex mujer Ivana en Buenos Aires hacia fines de los años noventa. Ivana tuvo un cameo en una película llamada “El club de las divorciadas” una divertida y pasatista comedia en la que, haciendo de sí misma, daba un singular consejo a las mujeres recién separadas: “Chicas, no se queden con el resentimiento, quédense con todo”. Recuerdo que la sentencia me hizo mucha gracia; luego me enteré que Trump era todo un ricachón y su divorcio fue muy sonado en los ochenta. Mi encuentro con Ivana fue en el fastuoso cine Grand Splendid de la Avenida Santa Fe, hoy reciclado en librería. Seguir leyendo

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