Atlanta: La nueva cultura troskopunk

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Fotografía: Enfoque Rojo

El sábado 19 de noviembre de 2016, en el estadio de Atlanta de Buenos Aires, se realizó un acto político con una masiva concurrencia (de más de veinte mil personas) para escuchar a nueve oradores pertenecientes a los tres partidos agrupados en el Frente de Izquierda y de los Trabajadores. Las reseñas periodísticas dieron cuenta del acto y del entusiasmo reinante. No hablare de ello.

Y tampoco trataré de las medulares ideas que desarrollaron quienes estaban en la tribuna sino de los intersticios, del envés, de aquello que flotaba entre lxs oradorxs y entre ellxs y el público. Hablaré del subtexto del acto que resumo en la siguiente afirmación: Creo que en Atlanta sucedió un histórico, liminal y sustancial proceso de nacimiento de una nueva cultura urbana.

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Trotsky reload. El revolucionario ruso apareció, no tanto por mención de sus oradorxs del acto de Atlanta, sino por la bravuconería que el futuro, en ciertas circunstancias históricas, instala en el presente. Para leer o escuchar a Trotsky no es preciso ser un fino erudito ni tan siquiera un fervoroso militante sino, y fundamentalmente, saber leer a Julio Verne y más precisamente su máquina del tiempo. Porque el trotskismo es, y ahí radica su fuerza, un einsteniano agujero de gusano / máquina temporal que permite viajar en el tiempo como lo hizo Jodie Foster en “Contact“.

En la monumental biografía de Deutscher, Trotsky nunca estuvo tan bien nombrado: profeta. Porque es a partir de la actual y duradera crisis capitalista que el Trotsky profeta vuelve a estar en el candelero académico y político. La primera vuelta a Trotsky en los tiempos presentes fue durante la caída de la Unión Soviética. De alguna manera fue vaticinada décadas antes, punto por punto, por el profeta de Deutscher. De ahí que los ojos se volvieran a él y que a sus textos se les sacudieran el polvo estalinista que habían ido acumulando en los perdidos anaqueles. La segunda vuelta fue durante la crisis de la burbuja financiera de las puntocom durante el cambio de milenio, más o menos en la época en que a un niño rico malcriado le recrudecían sus brotes psicóticos contra los socios de su familia y decidió derribarles unas torres de edificios para luego esconderse en el armario de su cuarto afgano. El susto de Wall Street por las puntocom duró casi un lustro pero nos dejó una excelente canción de los Rage (“Sleep Now in the Fire”), incluyendo un insólito cartel predictivo de “Trump Presidente” (estamos en 1999) en el minuto 1:04 del video filmado por Michael Moore quien, por cierto, termina arrestado.

Sin embargo, lo mejor estaría por venir. La crisis de 2008 (las subprime y la caída de Lehman Brothers) supuso una tercera vuelta de miradas al revolucionario ruso por las implicancias proféticas de sus textos. En realidad, con la persistencia de casi una década de la crisis, hubo de instalarse un combo profético con una sinergia sin precedentes. A los textos de Trotsky se les unía unas reflexiones más o menos olvidadas de Marx en los Grundrisse que, por estos lares, editó Siglo XXI en 1971, pero que tuvo sucesivas reediciones. Una polémica que parecía relegada a los pasillos de la academia (los costos marginales releídos por Marx a partir de David Ricardo) cobró una importancia inusitada a partir de una constatación empírica profetizada hacía siglo y medio: la robótica, pero sobre todo la informática y la digitalización, permitían pensar en una economía de abundancia (por lo menos en ciertos nichos) y en costos marginales decrecientes tendientes a cero. atlanta-04-webLa economía siempre había sido pensada a partir de la escasez pero nunca a partir de una abundancia como la planteada por Marx en esos años de 1857-1858. En esa línea, una lúcida economista argentina (Paula Bach) realizó en el 2016 una seguidilla de excelentes artículos periodísticos sobre la relación de la robótica con la nueva economía bajo esta perspectiva.

En definitiva, el potencial predictivo de Trotsky hizo que muchas miradas viraran a sus textos. Pero si la crisis de 2008 fue el inicio de un creciente Trosko Style, la ralentización y declive de la economía de los dos últimos planetas colonizados por el capitalismo (China e India) no hizo más que potenciarlo. Cualquiera sea la perspectiva económica el diagnóstico es similar: No hay mucho más para raspar en la olla de lo conocido y no hay más planetas que colonizar, ni siquiera África, un satélite ya devastado. Y aquí es donde entramos en el verdadero agujero de gusano político de Jodie Foster-Verne previsto por el profeta: Si el Titanic se hunde, los únicos botes salvavidas serán lo de la autogestión y la autonomización política de la clase obrera. Una clase a la que, hasta hace poco, se vivía endosándosele recurrentes actas de defunción. Pero caer con gripe neoliberal e ir al hospital es muy distinto de estirar la pata e ir al cementerio.

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2016: Revueltas de los portuarios de Le Havre

Con el correr de la segunda década del siglo XXI la ciudadanía posmoderna y multicultural, que creía a pie juntillas y recitaba como un mantra esas actas de defunción, empezó a desconfiar de las mismas: las revueltas de Le Havre de 2016 marcaron el hito del cambio de perspectiva ante un paisaje muy Fukushima: por un lado, un neokeynesianismo que, atado al reformismo estatal, solo atina a responder “no sabe/no contesta” y, por el otro, la aparición de diferentes versiones nacionales del Jurassic Park en formato bonapartista.

Y es precisamente este último punto, con la victoria de Trump a la cabeza, el que parece dar otra vuelta de tuerca a la vigencia predictiva. Una cosa es amenazar a lxs revoltosxs niñxs que juegan en el pelotero de Mac Donald que pondrán unos pitbull para calmarlos, pero muy otra es llevar verdaderamente los pitbull al pelotero. La burocracia sindical, uno de los males del siglo XX, sabe que sin ningún petit Keynes a la vista y con estos pitbull al poder (Trump, Le Pen, Fillon), sus márgenes de acción y negociación se achican enormemente y su legitimación queda totalmente interpelada y cuestionada: Aún más, mucho más si cabe.

Trosko Style. El subtexto es que, en Atlanta, se hizo presente un Trotsky futurista. En Atlanta nació una nueva subcultura urbana combinada a un nuevo género artístico y estético, un trotskypunk, que retoma algunos aspectos de la cultura cyberpunk e hijos (dieselpunk, steampunk) pero que desecha el sombrío caracter distópico de estos. Se aproxima, y mucho, a la futurista Estrella roja de Alexander Bogdanov, ese increíble y olvidado intelectual, uno de los fundadores de Prolekult, del que el troskopunk es descendiente directo.

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Lenin y Bogdanov jugando al ajedrez

Lo político es central en este estilo que hace de la cultura de izquierda no una evocación ni mucho menos una exhumación de un Trotsky del pasado sino un modus vivendi anticapitalista por venir. Desecha lo distópico porque el futuro no está lleno de terminators y tierra asolada. Sin embargo, lo desecha sin abrazar la ingenuidad setentista de un futuro luminoso con su voluntarismo de abracadabra. El futuro es brutalmente trabajoso y difícil.  La cultura trotskypunk es la del final de una época: Un poscapitalismo del que un Rifkin o un Paul Mason balbucean sus contornos pero sin llegar, en sus textos, a una necesaria madurez política. Por ello es que, como estética, lo troskopunk tensa al mismo tiempo que difumina los géneros literarios y artísticos ¿Qué es esto mismo? ¿Panfleto? ¿Microensayo? ¿Post? ¿Narración? ¿Crónica? Vaya uno a saber…¡Qué más dá! Los estilemas Low-Fi del trotskypunk, se desarrollan en un minimalismo que no es postura Zen sino que nacen de la misma precarización socioeconómica que será la base misma de su despliegue: La estética de los reportajes musicales de la alemana Zeit online serían, en su variante soft, una muestra de lo que estamos hablando.

La estética de System of a Down, variante metalera avant-gard, con sus letras de denuncia sobre maltrato infantil, discriminación, machismo, capitalismo, genocidios y otras lindezas podría aproximarse también musicalmente, por el lado hard, a lo mismo.

Algo de neohippismo ecológico y de cyberpunk, trotskismo, militancia política, esteticismo tecnológico, fervor y garra feminista y anclaje obrero a lo prolekult (la referencia obligada) parecen ser las variables de la nueva estética de la lucha de clases que se viene. El ciudadano/a multicultural de principios de siglo XXI parece una pieza de museo, allí relegado por su inoperancia fáctica para los cambios sociales, sus falsos brazos abiertos y su tilinguería académica. La vuelta a la clase obrera no es vintage ni retrofuturista: no es dieselpunk. Es trosko style porque la precarización socioeconómica tiene su propia lógica, su propia dinámica: La que se ve en los tornos de las fábricas, la de las limaduras de hierro uniéndose a la barra magnetizada de una clase obrera sindicalizada en busca de su autonomía política. Las legiones de tercerizados son, ni más ni menos, la espada de Damocles de un capitalismo que pretendía hacer de ellos un domesticado ejército de semirreserva. Un verdadero boomerang y un auténtico suicidio capitalista: limar la barra solo provoca más magnetismo, más electricidad y más limaduras diseminadas pero unidas al hierro principal. Un tiro por la culata en toda regla. El trotskypunk retoma todo ese aspecto de la nueva cultura obrera que está a años luz del obrerismo estatalizado de los cincuenta o de la fervorosa ingenuidad voluntarista de los setenta o de la poco digerible jactanciosidad de lxs psicobolches de los ochenta. 2016 parió estilos: Le Havre en lo sindical y Atlanta en lo político son la base de esta nueva cultura urbana.

Nicolás Patricio Reyes C., 2016 Copyleftcopyleft

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