La “cuestión militar” y yo

Una excelente y sesuda introducción por parte de Albamonte y Maiello sobre un libro de próxima aparición (“El marxismo y la cuestión militar”) promete poner sobre el candelero un asunto de especial sensibilidad para cualquier epidermis latinoamericana.

Muchos deben ser los puntos de vista y pareceres sobre el tema y cada quien debe tener su opinión. Aunque parezca mentira yo también tengo una. ¿Qué podría decirse desde el arte al respecto? Mi opinión puede resumirse en breves y poco intelectuales palabras: los milicos me dan asco, la vida militar me parece un insulto y el vocabulario militarista me resulta de una impudicia y obscenidad lacerante.

Muchas preguntas surgen desde las tripas subiendo de manera zigzagueante hasta el análisis racional. La primera, ¿Qué hacer con una institución genocida como las FFAA argentinas? Lógicamente, disolverlas conjuntamente con sus hermanas menores: la Gendarmería Nacional, la Prefectura Naval Argentina y la Policía Aeroportuaria.

on-the-psychology-of-military-incompetence-webPor supuesto, uno es consciente que hay determinada clase de personas que, ya sea por su sadismo, imbecilidad o por su personalidad cobarde, les atrae el mundo de las armas. Y la sociedad debe necesariamente canalizar creativa y positivamente a estas personalidades de rasgos sociópatas (en cuya caracterización aún Dixon se queda corto). Por ello mismo, una vez disueltos esos engendros institucionales debería conformarse un organismo, muy controlado políticamente, que reúna en un solo cuerpo a aquellos disueltos. Sería algo así como una Guardia Nacional, sin función de defensa exterior típica de las FFAA sino unas muy acotadas con funciones de salvaguardia fronteriza.

Además de las funciones de control fronterizo básico y elemental (control de los caladeros pesqueros en mares y ríos, evitar el contrabando fronterizo, etc.) a esta Guardia Nacional le cabrían ciertas funciones interiores en tanto apoyo al poder judicial y ejecutivo aunque siempre con control parlamentario: 1) en coordinación con la agencia tributaria (AFIP) control y fiscalización de la evasión fiscal empresarial, 2) en coordinación con el área de Trabajo, apoyatura al control y fiscalización del trabajo “en negro” o ilegal o trabajo esclavo; 3) en coordinación con el área de Género/Mujer del P.E.N. y del Poder Judicial, persecución y clausura de locales de trata de personas y de sus redes internacionales; 4) en coordinación con el Poder Judicial, servir de apoyatura, en tanto fuerza pública, de algunos procedimientos judiciales de una manera algo parecida a lo que actualmente cumple la Gendarmería, siempre bajo supervisión parlamentaria.

¿Guerra exterior? Bueno, hipótesis de conflicto reales verdaderamente no hay y es precisamente eso uno de los argumentos (aunque no el principal) para la disolución del engendro mayor que son las FFAA. Ahora bien, en caso en que se produjera dicho conflicto bélico, la Guardia Nacional se rearmaría en función de esa remotísima posibilidad.

¿Defensa Nacional? Suponiendo que uno acepte ese hilarante y patético concepto de “defensa nacional”, podríamos decir que dicha defensa, hoy por hoy, se realiza mucho más a través de servidores y redes informáticas que sobre los fierros de portaviones y fusiles. A este respecto, el patetismo de los militares latinoamericanos (sean de sueldo público o insurgentes fuera del estado) cobra visos de surrealismo ya que los servidores y sistemas de comunicación son, en el 99,98% de los casos, norteamericanos. Realizar una “defensa nacional” o una “revolución” a través de comunicaciones basadas en servidores que pasan, necesariamente, por la NSA, es como pensar en realizar cambios sociales a través de clics en la web de la empresa privada californiana Change.org.

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Veo esta estatua y pienso en como abrir una birra

Que el paradigma militar es insultante, sobre todo en Latinoamérica, puede verse a través de su historia que es la historia de la cobardía y de la psicopatología armada. Desde el Ejército de los Andes de un San Martín (tomado como héroe-prócer en Argentina) hasta las tratativas de paz de las FARC colombianas lo que destilan sus conductores militares es su proverbial cobardía, resignación y un querer pasar a la posteridad a toda costa. Ver el pliego de condiciones de las FARC en las negociaciones de paz de La Habana, además de vergüenza ajena, da una idea del grado de impudicia a que llegan los militares cuya mayor aspiración, según parece, es poder arribar a una especie de Boulogne-sur-Mer (con jubilación incluida, claro) para poder escribir sus memorias o postear en facebook contando los like de sus seguidores. Otro ejemplo, aún más patético, si cabe, es la deriva de la conducción militar sandinista que termina en la creación de una franquicia del Estado del Vaticano en Nicaragua. Ya sabemos, las castas guerreras y sacerdotales, con sus armas y sus sermones, generalmente vienen juntos en un pack de oferta de 2 x1. Desde el neolítico los padecemos. Seguramente desde antes, mientras pintábamos en Altamira.

Recordemos que la disolución del Ejército de los Andes (cuyas únicas batallas ganadas fueron por la participación de miles de mulatos y negros libertos -2 tercios del total del ejército- de los que solo volvieron 143) se debió a que sus tropas o bien se pasaron al bando realista o se amotinaron para que les pagaran el sueldo (Sublevación del Callao), o fueron absorbidos por los batallones de Bolívar (granaderos de M. Necochea), o simplemente se cansaron. Es lo que se llama conducción militar, es decir conducción de cobardía y resignación. Bastante diferente a la conducción civil de un auténtico revolucionario como Castelli, que era un verdadero escándalo para la lógica militar y burguesa del momento.

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Veo tanto bronce desperdiciado en el genocida de Paraguay que pienso en sexo

Lógicamente, como la historia ha sido confeccionada por estos insultantes personajes uniformados, sus “héroes” convertidos en santones, tienen anchísimas avenidas conmemorativas y destacados monumentos; Castelli, el civil “orador de la Revolución”, en cambio, solo una calle de cuatro tristes cuadras en el barrio de Balvanera en Buenos Aires. Nunca una novela histórica fue tan bellamente certera como la de Andrés Rivera refiriéndose este gran héroe de la independencia política y social sudamericana: La revolución es un sueño eterno. Desde la batalla de Huaqui a las conversaciones de Paz de La Habana, la conclusión es la misma: creer en los militares (Castelli en Goyeneche y su armisticio o en Viamonte y su inacción-traición) es cavar la propia ruina. Una lástima que Castelli, tan lector, no haya tomado algunas lecciones de Theda Skocpol que le hubieran servido, pero ¡recórcholis!… adelantarse en los tiempos tiene sus desventajas. El genocidio argentino del último cuarto del siglo XX no es más que una muestra de lo que son los militares con el poder otorgado por sus jefes naturales, las patronales, quienes aprovechan al máximo el caudaloso potencial patológico de sus perritos de caza uniformados sean militares o policías. Sin hablar, claro está, de Perón (miembro dilecto de la pandilla uniformada) y sus secuaces de la Triple A y sus burócratas sindicales. Sin hablar, claro está, de Malvinas, una pelea interna de mafias delictivas con diferentes banderitas para ver quién explota más y mejor a sus ciudadanos, algunos de los cuales cayeron en el campo de batalla en nombre de la “nación oprimida”/”imperialismo británico” o  “dictadura invasora”/”libertad de los kelpers” según el psicópata uniformado y el patrón chupasangre que le haya tocado por nacimiento.

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Proyecto de abrebotellas hecho con la fundición de la estatua del Gral.  San Martín

¿Milicias obreras? Hoy mismo eso es un oxímoron. Puede que haya sido útil en el pasado bajo la idea (burguesa) de la leva en masa napoleónica pero, hoy en día, pensar en juntar la insultante cobardía militar con lucha obrera es una sinrazón. Y es que la clase obrera tiene en el arte y en la cultura, herramientas mucho más poderosas, más económicas y más corrosivas que las que les pueden proveer la industria privada de armamentos y sus accionistas, proveedores habituales de los rambos de pacotilla. Para ser más directo: Uno de los objetivos prioritarios del arte y la cultura es, precisamente, intentar borrar de la faz de la tierra todo vestigio del cáncer militarista, tan unido a capitalismo y patriarcado como la cara y cruz de la moneda.

¿Pacifismo? ¿Qué es eso? ¿Poner una flor cuando se me viene un tanque encima? El pacifismo suele ser la coartada de los milicos vergonzantes. Nunca hay guerra o paz. Lo que hay es una dominación de un grupo (o clase) por otro, y ello por medios más o menos violentos. A la violencia extrema la llamamos guerra; a la ausencia de la violencia (pero no de dominación) paz. Luchar por la guerra o por la paz es una tautología nominativa, muy útil para la vehiculizar la típica psicopatología de los militares y sus guerras o la explotación de los dominadores y sus paces. Una noble actividad de los artistas o intelectuales sería el de aplastar cada tanto, con su arte, tales estrategias guerreristas o pacifistas, ambas referenciadas en lo militar.

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Proyecto de consolador barroco (unisex) hecho con la fundición de la estatua del Gral. Mitre

Revolución-Insurrección. Todo cambio social importante, de estructuras sociales, es violento por naturaleza. No hay lava tibia. Y ningún grupo o clase social abandona su situación de poder por las buenas. Pero el poder no es una propiedad que se posee sino una relación que se establece y es el arte el que mejor vislumbra las relaciones de poder presentes en las sociedades. Los militares solo son sociópatas con lanzas (o bombas “inteligentes”, prueba suprema de su ínsita cobardía) y el que lean el “Arte de la guerra” de Sun Tzu o a von Clausewitz no los sacará de su psicopatología, solo la sofisticará. Las direcciones militares de las revoluciones solo tienen una función: liquidar sus objetivos, cimentar las bases de la contrarrevolución y fomentar el culto a los héroes: Napoleón o Stalin, coronados emperadores, son el paradigma de estos desquiciados con uniforme.

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Guarida de la institución genocida – capítulo argentino- en el barrio de Palermo, Ciudad de Buenos Aires, antes de su reconversión en Centro de Arte

Las relaciones de poder cambian en la medida en que los artistas e intelectuales tengan la suficiente fuerza para mutar mentalidades y sensibilidades sociales y ello en función de los cambios de las relaciones de producción de cada sociedad en particular. Luego, quizás, vendrá el tiempo de usar (en dosis homeopáticas) a estos psicópatas armados a los fines propios propuestos y, una vez logrados los objetivos de una revolución, el lugar que les queda a estos últimos es, como mucho, la revisión de pasaportes y bolsos en algún puesto fronterizo. Lo que debería quedar claro es que toda insurrección para constituirse en revolución debe venir de la civilidad anclada en una clase social consciente de que toda insurrección no es un episodio histórico que acontece (a lo Badiou) sino que es una invariante estructural de aquella praxis política que la precede. Toda revolución se estructura como tal en tanto insurrección que se hace consciente de su invarianza estructural. En tal sentido, es parecido al lenguaje, que pre-existe a los hablantes aunque estos piensen que nace de ellos. Por eso las direcciones militares -sean del poder constituido o las revolucionarias- detestan las insurrecciones y su invarianza y su objetivo es congelar sus fines para que todo vuelva a la “normalidad” o a una “nueva normalidad” según haya triunfado o no la revolución. Por esto mismo, todo proceso de cambio nunca debe ser guiado por la lógica militar, reaccionaria y cobarde por naturaleza, sino por civiles conscientes que la insurrección política (donde el hackeo al mejor estilo cyberpunk a las instituciones represivas estatales sería tan solo una parte de la misma), como la creatividad en el arte o la innovación en la ciencia es la gasolina de la praxis social. Por ello, mientras más lejos esté la cancerígena vida militar y sus representantes de la vida ciudadana tanto mejor. Sobre todo alejar su representación imaginaria en el discurso social, empezando por las historias escolares y terminando con los bustos, estatuas de militares y monumentos a “soldados desconocidos” que aún ensucian nuestras plazas y avenidas. Se podría decir de la vida militar lo que decimos, desde el arte, sobre la música militar: no es música. Es decir, no es vida.

Alguien podría pensar que soy antimilitarista. No es así. Es lo contrario: Son los militares (como los fusiladores callejeros, esos que la gente llama “policías”) los que son antipatricio al provocarme lo que me provocan. La cuestión militar y policial es para mí (paralelamente a lo althusseriano: aparato represivo del estado), un asunto estético-estomacal: simplemente me da náuseas. Desde las tripas es que teorizo al respecto. Nada muy elaborado ni, mucho menos, analítico. Que para eso está la academia y la militancia orgánica con sus citas librescas, buen tono y cálculo político. Para mí, outsider inveterado y con metodologías bizarras masticadas desde el arte, la cuestión militar tan solo significa unas arcadas o un primer orín mañanero (el más corrosivo) sobre las gorras de hoy o los monumentos del ayer. Ni más ni menos.

 

N. Patricio Reyes Copyleftcopyleft

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