Lakan Ki-duk y Moebius

moebius_kim_ki-dukSe dice que si Romeo y Julieta hubiesen tenido un noviazgo normal con posterior casamiento, si hubieran tenido un par de hijos (seguramente habrían sido más), si se hubieran separado (o seguido juntos) y hubiesen envejecido para, finalmente, morirse de alguna gripe o neumonía, no tendríamos una historia digna de ser contada. Toda la literatura se basaría en eso: en lo fuera de lo común de las historias narradas. Claro, desde una postura contraria a esta afirmación se alegará que el naturalismo o el realismo o las historias mínimas o los antihéroes o las historias “donde-no-pasa-nada” rompen esa idea de que toda historia debe tener algo picante. Esas convenciones narrativas (historias “donde-no-pasa-nada”), haciendo un uso mayúsculo de las elipsis temporales, dan a entender que aún la cotidianidad más minúscula y rutinaria es también estetizable, es decir, desarrolla otra convención variando los ingredientes. Romeo, casado, en el sofá, tomando cerveza y viendo fútbol con sus amigotes también es novelizable en este sentido.

Este párrafo que acabo de soltar (y que estuve a punto de borrarlo por lo trillado y baladí de las ideas que contenían) viene, sin embargo, bastante bien como introducción a “Moebius” de Kim Ki-duk.

La historia de “Moebius” es, sencillamente, brutal.  Y algo más, mucho más, que picante. Y es imposible no sentirse afectado por las imágenes. Ya sabíamos del particular uso que hace Ki-duk de la violencia unida a lo erótico y a relaciones familiares y sociales particularmente disfuncionales. En “Moebius” se lleva al límite esto mismo y “lo fuera de lo común” del que hablábamos en el primer párrafo. Siempre pensé que Kim Ki-duk invierte a Descartes: Lo cárnico (no lo “carnal”), con sus bordes y sus cortes, determina el cógito. La violencia en “Moebius” no es exagerada en el sentido de un Peckinpah ni tampoco del estilo de las niñerías adolescentes de la saga Saw ni tan siquiera La naranja mecánica o el Saló de Pasolini. No. En “Moebius” estamos con “Kant con Sade” de Lacan trabajado fotograma a fotograma. Pareciera que la castración misma tomara una proverbial venganza edípica arrasando con todo lo simbólico que encuentra a su paso. Estamos hablando de una casi literalidad de lo Real vuelto imagen y es por ello que la frase anterior suena a un barroquismo o un manierismo exasperante: porque es lo que es, no hay otra forma de entrar en este film. Lo Real se presentifica constantemente. “Moebius” es un festín lacaniano en toda regla y de obligatoriedad estética para cualquier psicoanalista. No he leído nada desde esta perspectiva en relación a la película en cuestión. Seguramente algo habrá por ahí. Me juré ponerme al tanto.

Después de ver “Moebius” uno queda exhausto, aunque hayan pasado un par de semanas. De nada valen las coartadas intelectuales ya sea que provengan del psicoanálisis, de la sociología o del análisis fílmico para alabarlo o defenestrarlo. Decir que hay garrafales pifies en el guión (la salida de uno de los violadores de la cárcel es quizás el más evidente) o en el montaje o en la fotografía o en algunos raccord no sirve de mucho. Que algunas escenas llegan al colmo de un grotesco esperpéntico (la persecución entre los muchachos y la pérdida del “trofeo” o las cuchilladas en la espalda) no parece afectar tampoco el efecto final.  En esta película parece funcionar algo parecido a lo que sucede con muchas películas de Yazujiro Ozu quien se saltaba convenciones fílmicas elementales (los raccord de mirada principalmente) pero ello no afecta en lo más mínimo ni la diégesis del relato ni el efecto en el espectador (y hasta quizás lo potenciaba).

Ya llegará el tiempo de analizar con toda las herramientas posibles semejante film. Por ahora estamos en el tiempo de la digestión vacuna, animal que tiene un estómago dividido en cuatro sub-estómagos: el rumen, el retículo, el omaso y el abomaso. Yo todavía estoy en el rumen.

Ver “Moebius”

N. Patricio Reyes

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