Desde que el mundo es mundo algunos pocos cuentan chistes, hacen bromas, chanzas y chascarillos. Los demás, es decir casi todos nosotros, los acompañamos riendo. Los antiguos griegos crearon al respecto todo un género dramático dedicado a lo cómico relacionado con los antiguos ditirambos y dramas satíricos que, a su vez, estaban referidos al culto de la fertilidad y, por ello mismo, al dios Dioniso. Sea con Aristófanes o con el payaso de nuestro grupo de amiguetes venimos riéndonos por ocurrencias más o menos sofisticadas o toscas, oportunas o desubicadas.
Hace aproximadamente un siglo uno de los maestros de la sospecha, el Dr. Freud, descubrió que rascando un poco la primera y superficial capa del chiste, hay cantidades ingentes de información referidas a contenidos inconscientes. Nos seguimos riendo como lo hacemos desde el paleolítico junto al fuego de la cueva pero, desde principios del siglo XX, además de reírnos, sospechamos de nuestra risa y, por supuesto, de la ajena.
En esta charla hablaremos del muy interesante trabajo de Britney Spears “Work Bitch”, de los efectos a que dio lugar y las reflexiones que me provocaron. Primero vino la risa: Spears interpretaba o leía a Marx. Luego, o casi al mismo tiempo, entraba la sospecha. Lo que sigue es un compendio de esa jocosidad y esta seriedad, es decir, algo parecido a esa ensalada “agridulce” que tu tía se empeña en hacerte probar cada vez que vas a visitarla.
Cuando escuché por primera vez «Work Bitch» quedé pasmado. No fui el único. Tuvo muy buena recepción de público pero también de la crítica especializada. No solo se había instalado en el centro de las pistas de baile del planeta con una música potente sino que logró atraer a una intelectualidad que no comprendía del todo que era lo que quería transmitir. El video, por si fuera poco, dejaba aún más interrogantes. Lógicamente, todos los focos marxianos se fueron encendiendo uno a uno apuntando nuevamente a la Spears.