“Armadale” y “petit armadale” de Wilkie Collins

ArmadaleImagínate a Lady Macbeth o a la madrastra de Cenicienta o a Medea o a alguna manipuladora similar escribiendo un diario. Bueno, en “Armadale” tenemos eso y muchísimo más. Lydia Gwilt es, quizás, una de las más fantásticas malvadas que haya producido la literatura inglesa. Su diario, sus cartas y las acciones narradas por el genial Wilkie Collins convierten a este personaje en una figura arrolladora que crece página a página casi en desmedro de quienes parecían que iban a ocupar el estrellato: Armadale y Midwinter.

“La dama de blanco” y “La piedra lunar” son las dos obras maestras de Collins según los entendidos. Sin embargo, “Armadale” debería figurar en pie de igualdad con estas, sino por su trama, por lo menos por el perfecto cincelamiento de nuestra Gwilt, cuyos vericuetos emocionales y sentimentales ganan en profundidad lo que las otras dos novelas ganan en complejidad narrativa.

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Las carnes ligeras de la estrategia

Si una palabra ha sido zarandeada, llevada y traída de aquí para allá es la palabra “estrategia”. Desde las fuerzas políticas de izquierda suele ser común escuchar “se hace necesario hacer un debate sobre estrategia”.

Tales debates suelen plantearse generalmente en los términos de desvío, de carencia o de confrontación. En el primer caso, el desvío estratégico, se achaca al contrincante interno que su estrategia está mal planteada, está desviada, o torcida y, por ende, conducirá al fracaso o, peor aún, desvirtuará ideológicamente el sentido del proyecto político. Los debates interminables sobre el “frente único”, “golpear-juntos-marchar-separados”, “entrismo”, “centrismo”, “parlamentarismo” suelen pivotear sobre este asunto del desvío en base a una supuesta estrategia paradigmática, modélica o canónica.

El segundo problema, la falta de estrategia, suele convertir a los políticos en una suerte de sujetos culpógenos: “Hemos tenido problemas porque nos faltó una estrategia adecuada para llegar al electorado obrero”. Algo así como una argumentación exculpatoria de una ausencia clara de un proyecto estratégico concreto de dónde ir, para qué y, sobre todo, cómo hacerlo.

Sin embargo, el debate más sustancioso o de mayor vuelo intelectual se da cuando a la problemática de la estrategia se la suele ningunear desde un pensamiento espontaneísta o antiestratégico. Es ahí donde la intelectualidad pro-estratégica saca a relucir sus mejores armas teóricas para combatir a esta nueva encarnación del mal, es decir, aquel pensamiento que considera a las cuestiones estratégicas como un atavismo racionalista que poco tiene que ver con el sentido autoguiado que las masas darán a la revolución cuando esta se halle próxima.

Este último debate suele darse en los términos de un perfecto diálogo de sordos donde cada uno de los contrincantes argumenta en contra del otro con una variadad de afirmaciones autovalidadas pero sin posibilidad de falsación epistemológica alguna. En estos casos, la contundencia argumental suele ser directamente proporcional a la sordera de los contendientes.

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