“Armadale” y “petit armadale” de Wilkie Collins

ArmadaleImagínate a Lady Macbeth o a la madrastra de Cenicienta o a Medea o a alguna manipuladora similar escribiendo un diario. Bueno, en “Armadale” tenemos eso y muchísimo más. Lydia Gwilt es, quizás, una de las más fantásticas malvadas que haya producido la literatura inglesa. Su diario, sus cartas y las acciones narradas por el genial Wilkie Collins convierten a este personaje en una figura arrolladora que crece página a página casi en desmedro de quienes parecían que iban a ocupar el estrellato: Armadale y Midwinter.

“La dama de blanco” y “La piedra lunar” son las dos obras maestras de Collins según los entendidos. Sin embargo, “Armadale” debería figurar en pie de igualdad con estas, sino por su trama, por lo menos por el perfecto cincelamiento de nuestra Gwilt, cuyos vericuetos emocionales y sentimentales ganan en profundidad lo que las otras dos novelas ganan en complejidad narrativa.

Muchas son las vías de acceso a esta novela, típica del género sensation fiction que floreció en la Inglaterra victoriana de los años sesenta y que mezclaba, en grados variables, el melodrama, la novela gótica y la novela Newgate con su galería de criminales biografiados.

No contaré la trama ni el argumento que cualquiera puede encontrar por ahí con un par de clics. Solo me detendré brevemente en algunos detalles a tener en cuenta y que ameritarían una mayor profundización.

En primer lugar, la cuestión del libre albedrío/destino establecido tanto desde el inicio de la novela por el Armadale primigenio como por la interpretación onírica del supersticioso Midwinter. El tema es un tópico caro a la literatura europea que puede rastrearse hasta la literatura isabelina o al Siglo de Oro español, con especial detalle en Tirso de Molina, pero también en la problemática jansenista sobre la libertad, el destino y el pecado que influiría en Pascal y Racine. Lo interesante del caso es que si descendemos por cualquier ascensor de los territorios del Olimpo hacia la Inglaterra de los 60 decimonónicos, el panorama es algo más complejo que la interpretación de los sueños por parte de Midwinter o el subtexto implícito en él (racionalidad / superstición). Y es que si en 1866 se publicaba “Armadale”, en 1867 se publicaba “El Capital” de K. Marx redactado en buena parte en Inglaterra. Y en ese texto fundamental de Marx, se agregaban las ideas liminares del materialismo histórico de “Contribución a la crítica de la economía política” publicado en 1859, donde el debate entre determinismo y libertad también es fundamental pero, a la vez, científico y, ciertamente, político: “Por eso la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan, o por lo menos, se están gestando las condiciones materiales de su realización”.

En segundo lugar, la amistad entre los dos Armadale (Midwinter y Allan) que se aproxima mucho a lo que hoy etiquetaríamos como Bromance (acrónimo de brother, hermano, y romance), es decir, un vínculo afectivo y emocional más intenso que el que podría entenderse como amistad masculina.

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Aquiles y Patroclo, amigos y amantes, el paradigma del bromance intenso en la línea de Zeus y Ganímedes o Apolo y Jacinto

La pareja de Midwinter y Allan parecieran estar a medio camino entre Aquiles/Patroclo y Huck Finn/Tom Sawyer. Los nuevos registros de las masculinidades actuales tendrían un interesante antecedente literario con los Armadale de Collins.

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Dante Gabriel Rossetti (1867) “Joli Coeur”, Manchester Art Gallery

En tercer lugar, la problemática identitaria que ancla en lo societario antes que en lo individual. Entraría aquí toda la cuestión lacaniana de la Otredad, del petit a y del gran Otro, A (Autre), como clave interpretativa. La intercambiabilidad entre el yo y el petit a es posible en tanto y en cuanto el último es reflejo y proyección del primero; es tanto el semejante como imagen especular; es decir, ambos están inscritos en el orden imaginario. Esta situación estructural del petit a es vista con suma solvencia analítica por Miss Gwilt y es a partir de ello que elabora su sofisticado plan de casarse con un Armadale para enviudar, en el mismo acto, de otro Armadale, intentando hacer de la intercambiabilidad propia del petit a un negocio de viuda negra.

Pero también está el gran Otro, con mayúscula, el del registro simbólico cuyo vicariato es ejercido por Wilkie Collins, siempre preocupado e interesado por estos temas de herencias, conflictos familiares, legalidad e identidad. En realidad, tendremos dos registros de Armadale. Un registro de “armadale” en minúscula, el petit a-rmadale, imaginario e intercambiable (sobre el que se arma el plan maquiavélico de Miss Gwilt) y el registro de “Armadale”, el Autre, con la A mayúscula, del orden simbólico, particularizado para ese sujeto en su alteridad radical: Allan Armadale. Pero aún así, Allan es un Otro en tanto sujeto secundario, porque el Otro, en tanto tal y en su sentido primario, es un lugar, un locus, una escena que está fuera de la conciencia de Allan: “El inconsciente es el discurso del Otro” dirá Lacan en sus Ecrits.

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Dante Gabriel Rossetti, Aurelia. La amante de Fazio (1863-1873), Tate Britain, Londres

¿Y cuál es esa escena? En la diégesis construida por Collins en su vicariato del gran Autre (el lenguaje) el autor hace una delegación en Midwinter de la escena primaria constituyente de Allan: la de su madre (el primer gran Otro de cualquier infante) y cuya falta es estructural. Parafraseando a Lacan, podríamos decir que en el tesoro de los significantes de Thorpe-Ambrose siempre falta un significante. Este Otro incompleto, barrado, castrado, es sostenido por Midwinter por delegación de Collins y, a su vez, es la condición misma de la posibilidad de su amistad. Veamos lo que le dice Midwinter (promisorio escritor, según Pedgift Senior) a Allan, ya en el Epílogo:

[…] Hace tiempo que debí darte las gracias por el silencio que observaste, por mi bien, en un asunto que debió de parecerte muy extraño. Sabes con que nombre figuro en el acta de matrimonio y, sin embargo, no has querido hablar de ello, por miedo a disgustarme. Antes de que entres en tu nueva vida, pongámonos de acuerdo, de una vez para siempre, sobre esto. Te pido, como un favor más, que aceptes mi palabra (por extraño que esto pueda parecerte) de que soy inocente en esta cuestión, y te suplico que creas que las razones que tengo para dejarla inexplicada, serían aprobadas por Mr. Brock, si aún viviese.

Con estas palabras, guardó el secreto de los dos nombres…y dejó que, después de lo que había descubierto, la memoria de la madre de Allan siguiese siendo sagrada en el corazón del hijo.

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Dante Gabriel Rossetti Lady Lilith (1868), Delaware

En cuarto lugar, nos quedaría una lectura feminista de “Armadale” y, sobre todo, de Miss Gwilt. Varios libros y tesis académicas podrían escribirse al respecto y casi resultaría chocante o demasiado petulante pretender decir algo en un par de párrafos. Pero es algo que no podemos dejar pasar por alto. Siendo sintéticos diríamos que hay en “Armadale” un feminismo de supervivencia, destacándose cuatro estrategias diferentes: La de Mrs. Milroy, refugiada en su enfermedad y en su tiranía doméstica. La de Miss Milroy, con la eficacia probada de la tradición: el flirteo y seducción de Allan con fines matrimoniales será la principal competencia de Miss Gwilt. Con Miss Milroy estamos (o seguimos) en el mundo de las heroínas casaderas de Austen. La estrategia de Mrs. Oldershaw, la inescrupulosa maestra, socia y madre putativa de Miss Gwilt, que terminará reconvertida en…conferencista(¡!). Y, por último, Miss Lydia Gwilt, la perfecta neurótica y estratega genial que, a decir de Pedgift Sr., sería una excelente abogada…si hubiera nacido hombre.

Tocar Beethoven, dominar idiomas, mantener conversaciones y desplegar modos decorosos pero, al mismo tiempo, tener una belleza deslumbrante con un atractivo sexual indubitable, eso ya es mucho. Pero si a ello le agregamos el dominio de sí misma, una racionalidad estereotípicamente “masculina”, una sagacidad felina (es adjetivada en el relato como “gata” y “tigresa”) y una suprema capacidad tanto de lectura (por ejemplo de los subtextos epistolares de mamá Oldershaw pero también de situaciones) como de escritura (su Diario daría para varios simposios de “literatura y psicoanálisis”), todo esto hace de Miss Gwilt demasiado para una sociedad victoriana cuyas ansiedades sociales ya eran más que suficientes.

Miss Gwilt no es una femme fatale y eso es aún peor para una sociedad patriarcal. Atrás de cualquier dama de buenas maneras podía aflorar una Miss Gwilt. Sabemos por la historiografía de la recepción literaria que el personaje de Lydia Gwilt provocó un cimbronazo no solo en los lectores habituales de Wilkie Collins sino en todos los lectores, esto es, las capas bienpensantes masculinas de la burguesía decimonónica pero además, horror de horrores, había una creciente capa de mujeres lectoras susceptibles de contagio.

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“The Two Armadales” George Housman Thomas, 1824-1868 Engraved by William Luson Thomas (Thomas’s brother), 1866, Frontispiece to Wilkie Collins’s novel Armadale, Vol.1. (Taken from the 1866 edition published by Smith, Elder).

La falicidad de Miss Gwilt, quien manejaba como un yo-yo tanto a Bashwood como a Midwinter, despierta no solo los típicos terrores masculinos de pérdida de control sino, suprema herejía, la horrible pesadilla del reemplazo del dominio. Es cierto que, con el rodaje del plan pergeñado, Lydia Gwilt parece titubear y caer en el “amor” hacia Midwinter. Y esa caída sería la segunda y, quizás, fatal. Y lo será. Y he aquí la problemática feminista del caso Gwilt: a su enorme racionalidad estratégica que haría de Carl von Clausewitz un simple aprendiz se le une una pasión no menor a la de una Violetta Valery (La Traviata, 1853, Verdi). Si ello es demasiado para nuestras aún brutales sociedades patriarcales siglo XXI, que decir de la de los victorianos decimonónicos.

Sin embargo, tenemos con Miss Gwilt un par de asuntos más: el primero se refiere a su maternidad metonímica. Con este concepto nos referimos no solo que Gwilt le lleva unos cuantos años a Midwinter y que maneja a su admirador Bashwood como si fuera un niño, sino que, en tanto doncella de la madre de Allan y copista (¡a los doce años!) de las cartas que de alguna manera inician la acción narrativa, es metonímicamente la madre de ambos Armadale.

Explorar la problemática edípica de Midwinter y Allan en relación a Lydia Gwilt podría hacerse relacionándolo con el punto anterior cuando hablábamos del gran Otro, el Autre con mayúscula, el mítico Otro completo siempre presente pero inexistente. Porque el Otro es, básicamente, “el Otro sexo” que, en la perspectiva lacaniana, sería siempre la “mujer” tanto para los sujetos masculinos como femeninos. Si aplicáramos los Ecrits al caso, Midwinter y Allan serían un simple rodeo mediante el cual Gwilt se convierte en este Otro para sí misma cuando es este Otro para ellos.

Benjamin-Jessica-Los-Lazos-Del-Amor_001-webSin embargo, y este es el segundo y último aspecto que planteábamos con respecto al caso Gwilt, esta abstracción lacaniana no resolvería la problemática de la dominancia patriarcal que recorre todo el texto y la trayectoria vital del personaje de Miss Gwilt. La inmolación final de ésta debiera leerse más bien en la clave de lectura que aportan las conceptualizaciones de Jessica Benjamin. Si J. Benjamin hubiese leído y trabajado sobre “Armadale” tendríamos, muy seguramente, un verdadero festín. La muerte de Gwilt podría hipotetizarse como la protección ante un supuesto avasallamiento materno. Como una madre, Gwilt será “[…] a lo sumo un objeto deseado que uno no puede poseer” (Benjamin, 205). De alguna manera, Midwinter, al hacer caer -literalmente- de amor a Gwilt, opera como el necesario cortador o “barrador” de la Otredad omnipotente de Gwilt. La A barrada de Gwilt Armadale es establecida a costa de Lydia para poder salvar a Allan y mantener la amistad entre ambos Armadale. En otras palabras, la condición de posibilidad de existencia del bromance patriarcal solo puede mantenerse a partir de la muerte de aquellas que lo puedan trastocar (Gwilt) o su asimilación (Miss Milroy, Mrs. Oldershaw) o su marginación en la esclavitud doméstica (Mrs. Milroy). No nos olvidemos que Midwinter es quien tiene y preserva el secreto sobre la madre de Allan y su relación con su joven doncella Gwilt y es precisamente ese secreto (ese fuera de la consciencia de Allan) el que sostiene todo el andamiaje argumental de la novela: lacanianamente hablando, el inconsciente de Allan se estructura como el Armadale de Collins. Desde una óptica jessica-benjamiana, la muerte de Gwilt podría ser un matricidio edipiano poco ortodoxo: En Nombre del Padre y por preservación de la ley del patriarcado, no nos arranquemos los ojos, simplemente matemos a Yocasta. Aún así, como hemos comprobado, los ojos de Allan sí le son arrancados. La ceguera edipiana de Allan, establecida por el matricida escritor Midwinter (ya figura delegada de Collins desde que empieza su carrera de periodista) sostendrá la sociedad de ambos. El patriarcado victoriano saldrá victorioso pero no indemne. El fantasma de una Lydia Gwilt ya sin culpas y sin autoconmiseraciones rondará, gracias a Wilkie Collins, en cada mujer que pueda abrirse paso en una sociedad falocráticamente hostil. Potencialmente de cada mujer puede salir una Gwilt. Wilkie Collins, por cierto, también será el iniciador de una fértil línea narrativa: la de las mujeres detectives, una suerte de sublimación de la infinita capacidad lectora de textos y situaciones de nuestra Lydia Gwilt, cuya portentosa neurosis le hubiese servido para ser una excelente abogada, una excelente detective o una excelente psicoanalista…si hubiese nacido hombre o en otro tiempo.

N. Patricio Reyes C.  

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