Estrategia, arte y efecto Wragge-Lecount

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El diciembre caliente del 2017 argentino dejó un reguero de información política que aún, meses después, se está procesando. El debate parlamentario sobre la reforma previsional dio lugar a enormes manifestaciones no solo en las calles de Buenos Aires sino en las ciudades de todo el país. Asimismo los alrededores del Congreso Nacional fueron el escenario de una brutal represión por parte de las «fuerzas del orden» y su contestación por parte principalmente de la izquierda. Los avatares de las escaramuzas, la represión, la persecución o la demonización política de la protesta, ya suficientemente documentado, no es aquí motivo de un análisis; solo lo son sus consecuencias.

Y la consecuencia más notable se refiere a la centralidad que vuelve a adquirir la problemática de la estrategia política. Hay algunos datos que encendieron las alarmas del poder: una caída más o menos pronunciada de la imagen del gobierno, un protagonismo de la izquierda clasista en las calles (en desmedro del neorreformismo kirchnerista o la burocracia sindical) y un creciente estado de malestar por la situación socioeconómica.

A principios de 2018 la gran pregunta era ¿Cómo seguir? ¿Cuál sería la estrategia política más pertinente? Era una pregunta que se hacía tanto en los pasillos del poder como en las reuniones políticas de la oposición. Los debates en la izquierda sobre estrategia política son innumerables, sustanciosos y, por supuesto, imposibles de resumir en pocas líneas. Y es por ello que aquí intentaré abordar un aspecto pequeño pero sustancial para cualquier estrategia de izquierda: la cuestión de la iteratividad.

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Buenos Aires. Dic 2017. División canes de la pandilla criminal que desapareció y asesinó a S. Maldonado. A pesar de la dificultad, los perros pueden distinguirse por su abundante pelo y por no llevar casco.

En realidad, siempre o casi siempre que se debate sobre el tema estratégico se lo hace desde el lado de la intencionalidad, es decir, desde dónde y hacia dónde se quiere ir,  pero sin considerar demasiado o dejándolo para después la problemática teórica y práctica de la iteratividad con los factores externos y los movimientos de los otros actores, salvo algunas proclamas muy al paso.

Hablaré de iteratividad estratégica pero no lo haré desde una perspectiva teórica o política o técnica; simplemente lo haré desde mi propio punto de vista, es decir, una perspectiva estética que vampiriza con cierta sensibilidad política los aspectos teóricos y prácticos del asunto. Y, por ello mismo, les hablaré del «efecto Wragge-Lecount». El capitán Wragge y la señorita Lecount son dos personajes de una novela de Wilkie Collins, «Sin nombre», publicada en 1862. Wragge y Lecount son los dos más grandes estrategas que jamás te hayas cruzado. Y cuando decimos «estrategas» nos estamos refiriendo a estrategas iterativos. Por lo tanto daremos un pequeño rodeo por esta deliciosa y larga novela del maestro Wilkie Collins sacándole todo el jugo que podamos.

sin-nombre-webLa novela trata de la historia de dos jóvenes hermanas (Norah y Magdalen) de una familia acomodada cuyos padres fallecen a poco de comenzar la novela. El problema de las hermanas empieza al quedar desheredadas por un antiguo problema familiar no resuelto que hace que ambas queden, literalmente, en la calle. Norah, la mayor, parece aceptar la situación pero no así Magdalen, quien decide intentar recuperar la herencia paterna, ahora en manos de un primo aristócrata tan pelutante como avariento. La apuesta de Magdalen es fuerte: casarse con su repelente primo Noel. Para ello contará con la inestimable ayuda de un timador profesional, el capitán Wragge, un lejano pariente político de su madre. Pero para conseguir su objetivo ambos deberán luchar con la muy sagaz ama de llaves de Noel, la señorita Lecount. Los capítulos centrales de la novela son los que aquí nos interesan. Es allí donde se desarrolla una verdadera lucha de ajedrecistas de dos estrategas consumados como son el capitán Wragge y la señorita Lecount. Los ataques dialécticos entre ambos son fantásticos, desarrollándose tanto en el espacio (van de un lado a otro), como en el tiempo (ambos tienen un uso del timing táctico increíble). Demás está decir que los dos tienen una inteligencia superior aunque diferente, más intuitiva la de Lecount, más analítica la de Wragge.

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Magdalen y el capitán Wragge

Quizás lo más interesante es que ambos saben o intuyen buena parte de los siguientes pasos del otro y actúan en consecuencia en una dinámica que nos recuerda bastante a la ventana de Johari, ese constructo elaborado por los investigadores Joseph Luft y Harry Ingham para modelizar la comunicación en las relaciones psicosociales. Lo pertinente aquí es lo referido a la estrategia iterativa que es aquella que pretende anticipar el futuro teniendo en cuenta la actuación de otros actores y el contexto. Lo que yo llamo el efecto Wragge-Lecount se refiere a este aspecto estratégico que es complementario al más conocido de la estrategia intencional. Aquí habría que hacer dos consideraciones importantes.

Sensibilidades estratégicas

En primer lugar, la iteratividad no es una cuestión de nivel. Es decir, no es que yo planteo una estrategia política y establezco unas tácticas de, por ejemplo, lucha sindical, lucha política, etc. en las cuales, al conocer mejor el terreno, soy capaz de responder mejor a los golpes y contragolpes en concreto, in situ. No. La estrategia política iterativa es multinivel y no se homologa a la táctica y sus buenas prácticas sino que abarcaría tanto a la «guerra de maniobras» como de «posición» para usar unos términos clásicos.

Jomini_clausewitzEn segundo lugar, el efecto Wragge-Lecount nos remitiría a dos sensibilidades estratégicas diferentes: la de Clausewitz y la de Jomini. De alguna manera Lecount parecería estar más a tono con Clausewitz, en el sentido de que prevalece su sentido intuitivo, su rápido coup d’oeil que le permite detectar tanto la puesta en escena de Magdalen disfrazada de institutriz como el sentido general del plan urdido contra su amo, o también su idea de cubrir todos los flancos, etc. Del otro lado, el capitán Wragge es un perfecto jominiano con sus cuadernos donde detalla sus diferentes timos y estafas, sus guiones prefabricados para sus diferentes personajes, su exasperante espíritu racional de decisión planteando diferentes alternativas para diferentes situaciones, etc.

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Jaques-Louis David: Napoleón cruzando los Alpes (Versión Belvedere, 1801)

En cierto sentido, podríamos rastrear una genealogía platónica en la sensibilidad estratégica de Lecount/Clausewitz. Recordemos al Fedro y su sentido estético: el arte de los rapsodas viene de las musas y ellos son simples transcriptores de lo que ellas les dictan. Es Napoleón recorriendo el campo, aquí y allá y, en arrebato de intuición genial (¡Oh musas!), decidir la mejor alternativa para la batalla. Esa visión romantizada de Clausewitz sobre Napoleón tiene mucho de la impronta romántica sobre el genio creador, del que el general francés sería su paradigma más acabado en ese arte tan especial que es el arte de la guerra.

Nuestro capitán Wragge/Jomini vendría del linaje opuesto, el de Poe. Muchos no nos terminamos de creer que el gran escritor norteamericano haya escrito su poema «El cuervo» de la manera en que él dice que lo hizo: Como si fuera una obra de ingeniería, como quién construye un puente. Con una racionalidad absoluta donde no se ve ni pizca de esa «inspiración de las musas».

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Una de las 26 magníficas ilustraciones de Gustav Doré (1884) sobre el poema de Poe «The Raven»

Aunque los «estrategas» no lo admitan, ya sean racionalistas y planificadores por un lado o intuitivos por el otro, están debatiendo problemas ciertamente estéticos, una cuestión que ya era candente en los inicios del modernismo, especialmente en el inglés (el Modern Style) pero también en el continental europeo (Jugendstil, Art Nouveau). La cuestión candente era como conjugar arte y ciencia-técnica, el cubo y el arabesco, el hierro/cristal y el sentido artístico. La primera horneada de revolucionarios proletarios estaba permeada por esta problemática que, aunque centralmente burguesa, se infisionaba a todas las capas sociales. En este sentido, nunca debemos olvidar que el profesionalismo revolucionario de un Lenin nace de un meloso melodrama de un Chernyshevsky.

Los revolucionarios de principios de siglo XX participaban de esos mismos problemas y compartían esas mismas sensibilidades: la tensión entre intuición revolucionaria (el coup d’oeil de un Lenin casi homologado a un Napoleón-Clausewitz) y la planificación de la toma del poder; la tensión entre el revolucionario profesional (¿Qué hacer?) y el artesano revolucionario anónimo (delineada en el magistral diálogo entre el marciano ingeniero Menni y su Marte ya comunista y el terrícola revolucionario Lenni en «Estrella Roja» de 1908 de Bogdanov); entre la escuela de revolucionarios profesionales de París (Lenin) y la escuela de Capri y Bolonia de cultura proletaria de Bogdanov y la izquierda bolchevique, entendiendo la revolución como proceso colectivo.

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A. Bogdanov: «Estrella roja» (1908)

Más que de diferentes estrategias políticas (que las había y muy claramente delimitadas), de lo que se trataba a principios del siglo XX, era de diversas sensibilidades estratégicas. Por ello, algunas revoluciones triunfaron (Octubre): por su adecuada combinación de cubo y arabesco. Y otras muchas fracasaron. Cuando Noske formó un cuerpo propio con soldados, ahora sí bien pagados y alimentados (cooptando freikorps), ya no le temblaba el pulso para usar artillería en las calles de Berlín. Desde ese momento podríamos decir que la revolución alemana ya no tuvo «arabesco» para responder y el «cubo» del perfecto revolucionario ya no era suficiente, para nada suficiente.

Java y revolución

Centrémonos un poco más en Jomini, menos conocido y no tan lúcido como Clausewitz pero con singulares aportes más allá de su hojarasca de recetarios tácticos que hoy nos parecen desusados y antiguallas de un abuelo racionalista.

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Barón de Jomini

Luego intentaremos vincular su impulso racionalista, que no sus temas, a lo que hemos dado en llamar efecto Wragge-Lecount» o estrategia iterativa. Los escritos del barón de Jomini aparecen por una serie de sucesos más o menos fortuitos.

Jomini-webBonaparte nunca se dedicó a escribir ningún manual o escrito sobre sus batallas y ello suponía un enorme vacío sobre el arte de la guerra y la estrategia; tampoco tuvo escribientes que se ocuparan de detallar por escrito los problemas tácticos y estratégicos que se le presentaban al gran corso. Entre todos los oficiales que combatieron a su lado y que hubieran podido hacerlo, ninguno lo hizo: Jean Baptiste Kléber y Jean Victor Moreau murieron en combate, el Mariscal Jean Baptiste Bernadotte dejó a Napoleón para servir al rey de Suecia, el Mariscal Berthier se suicidó y el Mariscal Ney fue ejecutado. Jomini quedó, por esas carambolas de la historia, como el  único oficial de Napoleón que, con ciertas dotes intelectuales, podía ser capaz de plasmar por escrito los problemas suscitados en el campo de batalla.

Cuando pienso en la estrategia iterativa («efecto Wragge-Lecount») inevitablemente pienso en la racionalidad algo exacerbada de Jomini. Les diré porqué, pero para decírselos deberé cometer una pequeña infidencia sobre mí mismo. Como explorador de mundos raros un día recalé en programación Java y otros lenguajes. ¿Qué hago yo aquí? me pregunté, pero seguí adelante. Los sacerdotes de ese mundo cometieron casi un sacrilegio al otorgarme un título o certificado de programador y yo cometí el soberbio y procaz acto de aceptarlo. Hablemos entonces de este lenguaje y veamos como lo relaciono con el «efecto Wragge-Lecount». 

Una forma habitual de simplificar la escritura y minimizar código en Java (también en otros lenguajes) es usar bucles. Los bucles son un tipo de estructura que contiene un bloque de instrucciones que se ejecutan repetidas veces. Cada una de esas ejecuciones o repeticiones se llama iteración. Hay bucles controlados por una condición (los bucles while y do-while) y también hay un bucle controlado por un contador (for).

La sintaxis es así:

while (<condición>)

{ <bloque de instrucciones>}

Lo que en lenguaje natural sería:

  1. Se evalúa <condición>
  2. Si la evaluación resulta false: terminamos la ejecución del bucle.
  3. Si, por el contrario, la condición es true: se ejecuta el bloque de instrucciones.
  4. Luego de ejecutarse el bloque de instrucciones, se vuelve al primer punto.

Lo cierto es que si estuviéramos lo suficientemente drogados de láudano (ese brebaje del que era tan adicto Wilkie Collins y algunos de sus personajes) para leer las relaciones estratégicas entre el capitán Wragge y la señorita Lecount de acuerdo al lenguaje de Java, podríamos ver que hay una infinidad de condicionales y bucles e inclusive bucles aninados. Podríamos decir que, laúdano mediante, es posible reconstruir las estrategias y contraestrategias de Wragge y Lecount como un enorme y gran algoritmo.

La iteratividad estratégica es a lo que los políticos revolucionarios intentan aproximarse cuando se refieren a las «condiciones objetivas y/o subjetivas» y traen a cuento tales y cuales experiencias históricas más o menos similares/diferentes de la situación concreta que se pretende revolucionar. Lógicamente es una cuestión política, pero también técnica y es ese aspecto técnico-racional donde el espíritu de Jomini se hace sentir. Es el capitán Wragge mostrándonos su cuaderno «estratégico» de timos y estafas, con sus diferentes técnicas, historias y resultados.

Paradoja de Ícaro

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Jacob Peeter Gowy: «La caída de Ícaro» (1636-1638, Museo del Prado)

Todo este campo de la iteratividad estratégica es el que los especialistas han tratado de racionalizar y estudiar a través de lo que se ha dado en llamar la «paradoja de Ícaro». Recordemos el mito griego: Dédalo y su hijo Ícaro estaban encerrados en la isla de Creta por el rey Minos. Para escapar Dédalo construye un sistema de alas con diferentes plumas, uniendo las plumas centrales con hilo y las laterales con cera. Comprobando que funciona Dédalo le enseña a Ícaro la forma de volar pero recomendándole que no volara muy alto ya que el sol fundiría la cera que une las plumas e, inevitablemente, caería. Padre e hijo escapan pero Ícaro, confiado, sigue volando hacia arriba hasta que, al derretirse la cera, cae a tierra.

D. Miller en The Icarus Paradox (1990) relaciona el mito griego con los problemas y fallas estratégicas de las organizaciones. La idea central es que el conjunto de prácticas y habilidades estratégicas que han funcionado en una primera instancia da suficiente confianza y hace que los agentes, rutinizados, sigan utilizándolo de manera continua aún cuando las circunstancias o el contexto cambie. Y es en ese marco en que se puede producir la caída de la confiada organización. La «paradoja de Ícaro» sirvió para explicar los enormes problemas de un gigante empresarial caído en desgracia en los ’80 como IBM pero también ayudó para entender múltiples problemas en la iteratividad estratégica. Así, por ejemplo, John Broklesby y Stephen Cummings (Strategy as Systems Thinking, 2003) retoman el tema de Icarus Paradox señalando que muchas organizaciones pueden ser buenas para aprender el single-loop pero no para el double looping. Y lo ejemplifican mostrándonos un gráfico.

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Como puede comprobarse con este y otros incontables ejemplos, los fracasos ya sea en hacer una revolución o en abrir una nueva sucursal de un supermercado, tienen que ver con similares problemas técnicos y poco que ver con la épica, por lo menos en este momento técnico. La iteratividad supone un doble desafío a los políticos dedicados a cambiar sistemas. El primero se refiere a que no solo la estrategia intencional debe adecuarse convenientemente de acuerdo a las circunstancias cambiantes sino que la estrategia iterativa debe desarrollarse de manera paralela y de forma multinivel sin jamás confundir iteratividad con adecuación táctica.  El segundo desafío, y por ello hemos traído al capitán Wragge y a la señorita Lecount, es comprender que lo estratégico pasa fundamentalmente por las sensibilidades estéticas y emocionales y menos por el espíritu académico ilustrado. Este desafío es el más importante en tanto permita comprender que, en definitiva, cualquier revolución (triunfante o no) es también una sofisticada y colectiva obra de arte. Desde cierto punto de vista (porque, claro está, hay varios) toda revolución es una forma de arte performativo, cuyo guión o didascalias son construidas políticamente, con sus tempos particulares: andante allí, vivace allá, muchos largos y larghettos, y con rubatos que casi siempre no coinciden con lo que las necesidades objetivas del pueblo trabajador que nunca ve un accelerando pero siempre debe soportar eternos ritardandos.

¿Giro estético? Tal vez. Pero siempre pensando que todo cambio de sistema requiere de múltiples giros incluyendo, por supuesto, el estético, que simplemente es uno más entre los varios necesarios. No quería terminar esta charla literaria, un poco extensa, zigzagueante y tan mezclada como un batido de frutas sin ofrecerles los vínculos tanto al delicioso libro de Collins (Sin nombre) en formato epub como al texto, más seco y de aridez plúmbea, de Jomini (en pdf).

N. Patricio Reyes C.

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