B. Tomashevsky / V.V. Vinogradov

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Bonus Ozu

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Yasujirō Ozu

Ayer me llamó el Secretario General de las Naciones Unidas. La conversación fue breve y conminativa. Me dijo que, visto el rotundo éxito de mis galletitas de avena entre los miembros del Comité Internacional de Evaluación del Arca, me permitirían un bonus categoría 3; es decir, me autorizaban a ofrecer una sugerencia sobre cualquier cosa que pudiera ser útil para la humanidad una vez que el Arca encontrara un nuevo planeta donde establecerse.

-Bueno, déjeme pensarlo, le dije.
-Déjese de tonterías Sr. Reyes, me respondió, no hay tiempo, en 65 días el Royi-27 impactará sobre la Tierra.
-¿Puede ser sobre cualquier cosa? -Sí, contestó.
-Bueno, les sugiero que lleven la filmografía completa de Ozu.
-¿Quién es ese?
Y ahí estallé: -¿¡Qué quién es ese!? ¿¡Y usted está a cargo de la evacuación de la humanidad!?
-Déjese de politiquería barata, sr. Reyes, y mándeme por wasap los fundamentos de porqué “ese” Ozu debería ocupar espacio en el Arca.
-No uso wasap.
-Vaya, vaya, el sr. alternativo no usa wasap. ¿Y cómo se comunica sr. Reyes?
-Bueno, no es un tema que a usted le concierne y, además, creo que en 65 días mis contactos y yo mismo -pero NO USTEDES- estaremos algo chamuscados, calcinados más bien.
Le doy 24 horas para que aproveche su bonus categoría 3 y nos lo envie bien fundamentado a nuestro correo electrónico. Y colgó.

Hasta hace unos minutos estuve redactando mi fundamentación. Puse algo de su técnica fílmica, su angulación particular, sus ejes dislocados, sus historias de las clases medias y populares del Japón del siglo XX, de sus mujeres, de Noriko (¡Oh, Noriko!), del amae en las relaciones familiares, del zen. Plagié de manera artera a Richie, a Bordwell, a Schrader, a Burch, a Sato, a Wenders, a Kiarostami.

Reflexioné un poco mejor y no me arrepiento de haber apretado la tecla Delete a lo que había escrito. Saqué del horno mis galletitas de avena con chips de chocolate (cuya receta tendrán esos cabrones) y me dispuse a ver mi propio bonus categoría 3 esperando a Royi-27.

N. Patricio Reyes

Filmografía de Yasujirō Ozu: https://wp.me/p7rDzl-21m

Djam + Rebétiko

Exilio, migraciones forzadas, fascistas, banqueros voraces y nostalgias lacerantes tienen un lado flaco, un punctum, un punto ciego desde el cual pueden verse en su totalidad y, por ende, propiciar su disolución, su tan necesaria licuación. Ese punto ciego es, nunca dejó de serlo, el arte. De eso trata Djam, película cuyo pre-estreno pude ver en la Alianza Francesa.

Rebétiko, ese género musical, desarrollado por los griegos expulsados de Turquía en los tiempos de Ataturk, es lo que circula profusamente en Djam, la excelente película de Tony Gatlif en la que se narra las andanzas de Djam, una irreverente joven griega residente en la isla de Lesbos, que debe buscar una biela de barco a Estambul a pedido de su padrastro Kakourgos. Allí conoce a Avril, una joven francesa perdida en la ciudad, luego de una fracasada tentativa de ir a Siria a ayudar a los refugiados.

El viaje, como todo recorrido que merezca ese nombre, es un viaje externo pero también interno, de autodescubrimiento y de toma de conciencia de una realidad que golpea por todas partes y en todo momento. Pero está el rebétiko, esa música parecida al tango o al blues (de origen marginal, que canta amores trágicos, la vida dura, la prisión, el hachís, etc.), con la que se podrá conjurar los demonios y hasta quizás vencerlos.

Excelentes interpretaciones de Daphne Patakia (Djam), Simon Abkarian (Kakourgos) y Maryne Cayon (Avril) en los principales papeles.

N. Patricio Reyes C.

Desamor, de Poulenc a Björk

Ayer, sábado 4 de noviembre de 2017, asistí a una bellísima ópera de cámara en La Cúpula del CCK, “La Voix humaine” (1959) de Francis Poulenc con libreto de Jean Cocteau y basada en la obra de teatro homónima de este último. La mezzo Vera Cirkovic realmente se lució tanto a nivel vocal como actoral en una obra donde la interacción corporal con el aparato telefónico y los almohadones -lo duro y lo blando- hizo que lo minimalista de la puesta (la régie estuvo a cargo de un lúcido Alejandro Cervera) potenciara la obra al máximo. Nunca mejor dicha la afirmación propia de los diseñadores gráficos “Menos es más”. El pianista griego Dimitri Vassilakis merece palabra aparte. Además de una perfecta interpretación (para comparar solo basta un par de clics en youtube) se notaba una absoluta integración con la parte vocal-actoral. Un verdadero lujo haber escuchado a este excelente pianista.

La voz humana.png
La mezzosoprano Vera Cirkovic en “La Voix humaine” (1959) de Francis Poulenc

La obra que habla del desamor nace del desamor. Cuando el parisino Francis Poulenc tiene en 1957 una ruptura amorosa con Louis Gautier (un joven soldado) decide musicalizar una obra de teatro de su amigo Cocteau que había sido estrenada en 1930. “La voz humana” es un dramático monólogo de una mujer al teléfono hablando con su amante quien la abandona por otra mujer. La pieza le venía como anillo al dedo al compositor quien ya venía vapuleado en términos amatorios: En los brazos del soldado Louis Gautier había encontrado algo de solaz luego de la muerte de su amante Raymond Destouches en 1955.

Cuando Poulenc termina su composición para soprano y piano (escrita para ser interpretada por la cantante Denise Duval) Cocteau queda maravillado. La obra se estrena en París en febrero de 1959.

La pieza es desgarradora y es imposible no sentirse identificado con la protagonista. Me hizo acordar al último y uno de los mejores trabajos de Björk, Vulnicura (2015), un álbum también nacido del desamor y la ruptura de la gran creativa islandesa con su amante. Y sobre todo de la fantástica (en el doble sentido: de buenísima y de fantasy en su video musical) Notget. Asimismo se agolpaban en mi pequeño cerebro millones de otras piezas musicales y literarias con la misma temática, pero NotgetFragmentos de un discurso amoroso de Barthes (el referido al amante y el teléfono, La espera) fueron las que acudían con más fuerza.

Ya sabemos que el “mal de amores”, las rupturas amorosas y los vericuetos dolorosos del amor forman parte del paisaje habitual de los artistas y creadores que nos proporcionan al resto de los mortales una guía, una cartografía sublimada y consoladora al susurrarnos al oído: “Recuerda…no estás solo/a en este barco”. En el momento del naufragio esas palabras nos sabrán a poco, pero luego de habernos agarrado al madero, en medio del brutal oleaje y llegar a alguna isla (si es que llegamos) podremos recordarlas y agradecerlas.


N. Patricio Reyes C.