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Expo CCK: Borges y el Quemalibros

La exposición de Borges en el Centro Cultural Kirchner es como un fabuloso oxímoron. Los retóricos nos enseñan que un oxímoron es una figura literaria que aúna dos conceptos opuestos en un sola expresión. En los manuales proliferan ejemplos: la “luz negra”, el “instante eterno”, la “graciosa torpeza” de la Beatriz de “El Aleph” de Borges, etc. La exposición de un escritor tan ligado, no solo a la literatura sino a sus factores materiales de expresión (los libros y las bibliotecas) supone un fabuloso oxímoron si tenemos en cuenta que el que organizó la exposición del Centro Cultural Kirchner es un gobierno que cuenta como ministro de Comunicación a quien, hasta no hace mucho, se dedicaba a apoyar la quema de libros.

Cuando el 29 de abril de 1976, obras de Proust, García Márquez, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupéry y Galeano eran quemadas en Córdoba, el perpetrador ensayó una suerte de justificación con un paralelismo que no tiene desperdicio: “De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina”. El General Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, daba cuenta así de las relaciones que ligan la carnicería humana con los libros. En los actos oficiales de semejante clon de Torquemada siempre se encontraba un figurón político que, azuzando al carnicero, cultivaba el perfil bajo: Oscar Aguad,el actual ministro de Comunicaciones del gobierno cuyo presidente es un conocido contrabandista de autos.

La quema de libros en Córdoba por parte de Menéndez, apoyado por su socio político Aguad, figura como uno de los sucesos más aberrantes en la historia del libro a nivel mundial junto, claro está, con la quema de libros por los nazis en 1933, la quema de libros de 1943 por parte de la dictadura argentina de ese entonces o las quemas de libros del pinochetismo a partir de 1973 y, por supuesto, la quema (en julio de 1976) de 90 mil tomos de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba) en la Plaza de Armas del Primer Cuerpo de Ejército por parte de otro general genocida: Guillermo Suárez Masón; o la quema, el 26 de junio de 1980 en Sarandí (con el apoyo de un juez de La Plata) de centenares de miles de libros -“24 toneladas” (sic)- del Centro Editor de América Latina (CEAL), editorial dirigida por el matemático Boris Spivacow. Sobre esos temas reflexionaba mientras recorría la exposición.

El oxímoron es una figura retórica. La delincuencia es una figura gubernamental. Una figura de Comunicación en ambos casos.

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CCK: Borges, Rodchenko y lapsus Lef

Creo que a Freud le hubiese encantado esta exposición en el Centro Cultural Kirchner. Fundamentalmente, por dos cosas: en primer lugar por sus actos fallidos y en segundo, por el fabuloso oxímoron que representa. Ahora hablemos de los fallidos, en un sentido amplio, no clínico, es decir de aquellas expresiones diferentes de la intención consciente del sujeto que las emite. Los Fehlleistungen (actos fallidos) mas notables creo que son dos: el primero y que más llama la atención se refiere a la gran cantidad de obras plásticas de “colección privada”, lo que en buen romance para cualquier entendedor del mercado del arte suele traducirse como “propiedad no declarada ante la AFIP”. Todo ello, claro está, disfrazado del consabido “anonimato cultural”. Que lavar dinero “vía arte” o “vía inmobiliaria” es una práctica habitual en Argentina ya se sabe, pero es bastante molesto que pueda exhibirse impunemente. A ningún trabajador se le ocurriría decirle a la cajera del supermercado: “Dale, no seas así, cobrame 12$ en vez de 15$ así me quedo con el 21% del IVA del sachet de leche”. Desconozco si se dio cabal cumplimiento a la Resolución General 3730 de la AFIP con respecto a la Declaración Jurada Anual de Obras de Arte; tampoco creo que lo podamos saber en tanto y en cuanto todas las declaraciones ante la AFIP son secretas por la norma de Secreto Fiscal. Que arte y ladrillos suelen ir juntos y se lavan muy bien lo sabe al dedillo el dueño del museo de arte privado más importante de la ciudad, ubicado en Avenida Figueroa Alcorta, que es el mismo que fue el promotor inmobiliario de Nordelta, el más impresionante lavadero de dinero que haya visto el país en sus últimas décadas. En este sentido, la exposición bien podría ser un fallido freudiano o también una metáfora borgeana como espejo del país.

Pero el acto fallido que corona la expo es la que figura en la sala del cuarto piso “Borges y la fotografía” donde se encuentran 5 pequeñas fotografías: cuatro de Rodchenko y una que es un fotograma de una película de Cecil B. DeMille. Arriba reza la siguiente frase de Borges: “Los rusos descubrieron que la fotografía oblicua (y por consiguiente deforme) de un botellón, de una cerviz de toro o de una columna, era de un valor plástico superior a la de mil y un extras de Hollywood, rápidamente disfrazados de asirios y luego barajados hasta la total vaguedad por Cecil B. de Mille”. No lo dice Borges (y mucho menos los artífices de la exposición), pero se estaba refiriendo a uno de los más fantásticos y polifacéticos artistas de la vanguardia rusa de los años 20: Alexander Rodchenko, escultor, pintor, diseñador gráfico, fotógrafo y uno de los fundadores del constructivismo ruso y aglutinador de todos los vanguardistas que promovían y apoyaban la Revolución de Octubre. Él fue el de los insólitos planos oblicuos en la fotografía. Rodchenko, he aquí lo interesante, fue además el fundador del movimiento LEF (ЛЕФ), siglas del Levy Front Iskusstv o Frente de Izquierda de las Artes. Como cabe esperar, esa información (fundamental para comprender el contexto de este artista sin igual) está retaceada en la muestra. Fehlleistungen. Como en la clínica: lo que no se dice, he allí la clave. “Lapsus LEF”. O en ruso “Lapsus ЛЕФ”.
Si el inconsciente se estructura como lenguaje, bien vale pensar que una exposición -en el envés de su relato discursivo literal- puede también mostrar sus actos fallidos.
Ese viernes 17 de junio de 2016, luego de la exposición, concurrí a la Sala Sinfónica donde la Sinfónica Nacional tocó la primera de Mahler, la “Titán”. En el Agitato del cuarto movimiento -tan tímbricamente optimista luego de la marcha fúnebre del tercero- imaginé a Borges y Rodchenko unidos (maniatados) en una exposición esperando, aún esperando, que salga el sol en un país asolado por negros nubarrones patronales.