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“Armadale” y “petit armadale” de Wilkie Collins

ArmadaleImagínate a Lady Macbeth o a la madrastra de Cenicienta o a Medea o a alguna manipuladora similar escribiendo un diario. Bueno, en “Armadale” tenemos eso y muchísimo más. Lydia Gwilt es, quizás, una de las más fantásticas malvadas que haya producido la literatura inglesa. Su diario, sus cartas y las acciones narradas por el genial Wilkie Collins convierten a este personaje en una figura arrolladora que crece página a página casi en desmedro de quienes parecían que iban a ocupar el estrellato: Armadale y Midwinter.

“La dama de blanco” y “La piedra lunar” son las dos obras maestras de Collins según los entendidos. Sin embargo, “Armadale” debería figurar en pie de igualdad con estas, sino por su trama, por lo menos por el perfecto cincelamiento de nuestra Gwilt, cuyos vericuetos emocionales y sentimentales ganan en profundidad lo que las otras dos novelas ganan en complejidad narrativa.

Muchas son las vías de acceso a esta novela, típica del género sensation fiction que floreció en la Inglaterra victoriana de los años sesenta y que mezclaba, en grados variables, el melodrama, la novela gótica y la novela Newgate con su galería de criminales biografiados.

No contaré la trama ni el argumento que cualquiera puede encontrar por ahí con un par de clics. Solo me detendré brevemente en algunos detalles a tener en cuenta y que ameritarían una mayor profundización.

En primer lugar, la cuestión del libre albedrío/destino establecido tanto desde el inicio de la novela por el Armadale primigenio como por la interpretación onírica del supersticioso Midwinter. El tema es un tópico caro a la literatura europea que puede rastrearse hasta la literatura isabelina o al Siglo de Oro español, con especial detalle en Tirso de Molina, pero también en la problemática jansenista sobre la libertad, el destino y el pecado que influiría en Pascal y Racine. Lo interesante del caso es que si descendemos por cualquier ascensor de los territorios del Olimpo hacia la Inglaterra de los 60 decimonónicos, el panorama es algo más complejo que la interpretación de los sueños por parte de Midwinter o el subtexto implícito en él (racionalidad / superstición). Y es que si en 1866 se publicaba “Armadale”, en 1867 se publicaba “El Capital” de K. Marx redactado en buena parte en Inglaterra. Y en ese texto fundamental de Marx, se agregaban las ideas liminares del materialismo histórico de “Contribución a la crítica de la economía política” publicado en 1859, donde el debate entre determinismo y libertad también es fundamental pero, a la vez, científico y, ciertamente, político: “Por eso la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan, o por lo menos, se están gestando las condiciones materiales de su realización”.

En segundo lugar, la amistad entre los dos Armadale (Midwinter y Allan) que se aproxima mucho a lo que hoy etiquetaríamos como Bromance (acrónimo de brother, hermano, y romance), es decir, un vínculo afectivo y emocional más intenso que el que podría entenderse como amistad masculina.

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Aquiles y Patroclo, amigos y amantes, el paradigma del bromance intenso en la línea de Zeus y Ganímedes o Apolo y Jacinto

La pareja de Midwinter y Allan parecieran estar a medio camino entre Aquiles/Patroclo y Huck Finn/Tom Sawyer. Los nuevos registros de las masculinidades actuales tendrían un interesante antecedente literario con los Armadale de Collins.

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Dante Gabriel Rossetti (1867) “Joli Coeur”, Manchester Art Gallery

En tercer lugar, la problemática identitaria que ancla en lo societario antes que en lo individual. Entraría aquí toda la cuestión lacaniana de la Otredad, del petit a y del gran Otro, A (Autre), como clave interpretativa. La intercambiabilidad entre el yo y el petit a es posible en tanto y en cuanto el último es reflejo y proyección del primero; es tanto el semejante como imagen especular; es decir, ambos están inscritos en el orden imaginario. Esta situación estructural del petit a es vista con suma solvencia analítica por Miss Gwilt y es a partir de ello que elabora su sofisticado plan de casarse con un Armadale para enviudar, en el mismo acto, de otro Armadale, intentando hacer de la intercambiabilidad propia del petit a un negocio de viuda negra.

Pero también está el gran Otro, con mayúscula, el del registro simbólico cuyo vicariato es ejercido por Wilkie Collins, siempre preocupado e interesado por estos temas de herencias, conflictos familiares, legalidad e identidad. En realidad, tendremos dos registros de Armadale. Un registro de “armadale” en minúscula, el petit a-rmadale, imaginario e intercambiable (sobre el que se arma el plan maquiavélico de Miss Gwilt) y el registro de “Armadale”, el Autre, con la A mayúscula, del orden simbólico, particularizado para ese sujeto en su alteridad radical: Allan Armadale. Pero aún así, Allan es un Otro en tanto sujeto secundario, porque el Otro, en tanto tal y en su sentido primario, es un lugar, un locus, una escena que está fuera de la conciencia de Allan: “El inconsciente es el discurso del Otro” dirá Lacan en sus Ecrits.

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Dante Gabriel Rossetti, Aurelia. La amante de Fazio (1863-1873), Tate Britain, Londres

¿Y cuál es esa escena? En la diégesis construida por Collins en su vicariato del gran Autre (el lenguaje) el autor hace una delegación en Midwinter de la escena primaria constituyente de Allan: la de su madre (el primer gran Otro de cualquier infante) y cuya falta es estructural. Parafraseando a Lacan, podríamos decir que en el tesoro de los significantes de Thorpe-Ambrose siempre falta un significante. Este Otro incompleto, barrado, castrado, es sostenido por Midwinter por delegación de Collins y, a su vez, es la condición misma de la posibilidad de su amistad. Veamos lo que le dice Midwinter (promisorio escritor, según Pedgift Senior) a Allan, ya en el Epílogo:

[…] Hace tiempo que debí darte las gracias por el silencio que observaste, por mi bien, en un asunto que debió de parecerte muy extraño. Sabes con que nombre figuro en el acta de matrimonio y, sin embargo, no has querido hablar de ello, por miedo a disgustarme. Antes de que entres en tu nueva vida, pongámonos de acuerdo, de una vez para siempre, sobre esto. Te pido, como un favor más, que aceptes mi palabra (por extraño que esto pueda parecerte) de que soy inocente en esta cuestión, y te suplico que creas que las razones que tengo para dejarla inexplicada, serían aprobadas por Mr. Brock, si aún viviese.

Con estas palabras, guardó el secreto de los dos nombres…y dejó que, después de lo que había descubierto, la memoria de la madre de Allan siguiese siendo sagrada en el corazón del hijo.

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Dante Gabriel Rossetti Lady Lilith (1868), Delaware

En cuarto lugar, nos quedaría una lectura feminista de “Armadale” y, sobre todo, de Miss Gwilt. Varios libros y tesis académicas podrían escribirse al respecto y casi resultaría chocante o demasiado petulante pretender decir algo en un par de párrafos. Pero es algo que no podemos dejar pasar por alto. Siendo sintéticos diríamos que hay en “Armadale” un feminismo de supervivencia, destacándose cuatro estrategias diferentes: La de Mrs. Milroy, refugiada en su enfermedad y en su tiranía doméstica. La de Miss Milroy, con la eficacia probada de la tradición: el flirteo y seducción de Allan con fines matrimoniales será la principal competencia de Miss Gwilt. Con Miss Milroy estamos (o seguimos) en el mundo de las heroínas casaderas de Austen. La estrategia de Mrs. Oldershaw, la inescrupulosa maestra, socia y madre putativa de Miss Gwilt, que terminará reconvertida en…conferencista(¡!). Y, por último, Miss Lydia Gwilt, la perfecta neurótica y estratega genial que, a decir de Pedgift Sr., sería una excelente abogada…si hubiera nacido hombre.

Tocar Beethoven, dominar idiomas, mantener conversaciones y desplegar modos decorosos pero, al mismo tiempo, tener una belleza deslumbrante con un atractivo sexual indubitable, eso ya es mucho. Pero si a ello le agregamos el dominio de sí misma, una racionalidad estereotípicamente “masculina”, una sagacidad felina (es adjetivada en el relato como “gata” y “tigresa”) y una suprema capacidad tanto de lectura (por ejemplo de los subtextos epistolares de mamá Oldershaw pero también de situaciones) como de escritura (su Diario daría para varios simposios de “literatura y psicoanálisis”), todo esto hace de Miss Gwilt demasiado para una sociedad victoriana cuyas ansiedades sociales ya eran más que suficientes.

Miss Gwilt no es una femme fatale y eso es aún peor para una sociedad patriarcal. Atrás de cualquier dama de buenas maneras podía aflorar una Miss Gwilt. Sabemos por la historiografía de la recepción literaria que el personaje de Lydia Gwilt provocó un cimbronazo no solo en los lectores habituales de Wilkie Collins sino en todos los lectores, esto es, las capas bienpensantes masculinas de la burguesía decimonónica pero además, horror de horrores, había una creciente capa de mujeres lectoras susceptibles de contagio.

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“The Two Armadales” George Housman Thomas, 1824-1868 Engraved by William Luson Thomas (Thomas’s brother), 1866, Frontispiece to Wilkie Collins’s novel Armadale, Vol.1. (Taken from the 1866 edition published by Smith, Elder).

La falicidad de Miss Gwilt, quien manejaba como un yo-yo tanto a Bashwood como a Midwinter, despierta no solo los típicos terrores masculinos de pérdida de control sino, suprema herejía, la horrible pesadilla del reemplazo del dominio. Es cierto que, con el rodaje del plan pergeñado, Lydia Gwilt parece titubear y caer en el “amor” hacia Midwinter. Y esa caída sería la segunda y, quizás, fatal. Y lo será. Y he aquí la problemática feminista del caso Gwilt: a su enorme racionalidad estratégica que haría de Carl von Clausewitz un simple aprendiz se le une una pasión no menor a la de una Violetta Valery (La Traviata, 1853, Verdi). Si ello es demasiado para nuestras aún brutales sociedades patriarcales siglo XXI, que decir de la de los victorianos decimonónicos.

Sin embargo, tenemos con Miss Gwilt un par de asuntos más: el primero se refiere a su maternidad metonímica. Con este concepto nos referimos no solo que Gwilt le lleva unos cuantos años a Midwinter y que maneja a su admirador Bashwood como si fuera un niño, sino que, en tanto doncella de la madre de Allan y copista (¡a los doce años!) de las cartas que de alguna manera inician la acción narrativa, es metonímicamente la madre de ambos Armadale.

Explorar la problemática edípica de Midwinter y Allan en relación a Lydia Gwilt podría hacerse relacionándolo con el punto anterior cuando hablábamos del gran Otro, el Autre con mayúscula, el mítico Otro completo siempre presente pero inexistente. Porque el Otro es, básicamente, “el Otro sexo” que, en la perspectiva lacaniana, sería siempre la “mujer” tanto para los sujetos masculinos como femeninos. Si aplicáramos los Ecrits al caso, Midwinter y Allan serían un simple rodeo mediante el cual Gwilt se convierte en este Otro para sí misma cuando es este Otro para ellos.

Benjamin-Jessica-Los-Lazos-Del-Amor_001-webSin embargo, y este es el segundo y último aspecto que planteábamos con respecto al caso Gwilt, esta abstracción lacaniana no resolvería la problemática de la dominancia patriarcal que recorre todo el texto y la trayectoria vital del personaje de Miss Gwilt. La inmolación final de ésta debiera leerse más bien en la clave de lectura que aportan las conceptualizaciones de Jessica Benjamin. Si J. Benjamin hubiese leído y trabajado sobre “Armadale” tendríamos, muy seguramente, un verdadero festín. La muerte de Gwilt podría hipotetizarse como la protección ante un supuesto avasallamiento materno. Como una madre, Gwilt será “[…] a lo sumo un objeto deseado que uno no puede poseer” (Benjamin, 205). De alguna manera, Midwinter, al hacer caer -literalmente- de amor a Gwilt, opera como el necesario cortador o “barrador” de la Otredad omnipotente de Gwilt. La A barrada de Gwilt Armadale es establecida a costa de Lydia para poder salvar a Allan y mantener la amistad entre ambos Armadale. En otras palabras, la condición de posibilidad de existencia del bromance patriarcal solo puede mantenerse a partir de la muerte de aquellas que lo puedan trastocar (Gwilt) o su asimilación (Miss Milroy, Mrs. Oldershaw) o su marginación en la esclavitud doméstica (Mrs. Milroy). No nos olvidemos que Midwinter es quien tiene y preserva el secreto sobre la madre de Allan y su relación con su joven doncella Gwilt y es precisamente ese secreto (ese fuera de la consciencia de Allan) el que sostiene todo el andamiaje argumental de la novela: lacanianamente hablando, el inconsciente de Allan se estructura como el Armadale de Collins. Desde una óptica jessica-benjamiana, la muerte de Gwilt podría ser un matricidio edipiano poco ortodoxo: En Nombre del Padre y por preservación de la ley del patriarcado, no nos arranquemos los ojos, simplemente matemos a Yocasta. Aún así, como hemos comprobado, los ojos de Allan sí le son arrancados. La ceguera edipiana de Allan, establecida por el matricida escritor Midwinter (ya figura delegada de Collins desde que empieza su carrera de periodista) sostendrá la sociedad de ambos. El patriarcado victoriano saldrá victorioso pero no indemne. El fantasma de una Lydia Gwilt ya sin culpas y sin autoconmiseraciones rondará, gracias a Wilkie Collins, en cada mujer que pueda abrirse paso en una sociedad falocráticamente hostil. Potencialmente de cada mujer puede salir una Gwilt. Wilkie Collins, por cierto, también será el iniciador de una fértil línea narrativa: la de las mujeres detectives, una suerte de sublimación de la infinita capacidad lectora de textos y situaciones de nuestra Lydia Gwilt, cuya portentosa neurosis le hubiese servido para ser una excelente abogada, una excelente detective o una excelente psicoanalista…si hubiese nacido hombre o en otro tiempo.

N. Patricio Reyes C.  

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Las carnes ligeras de la estrategia

Si una palabra ha sido zarandeada, llevada y traída de aquí para allá es la palabra “estrategia”. Desde las fuerzas políticas de izquierda suele ser común escuchar “se hace necesario hacer un debate sobre estrategia”.

Tales debates suelen plantearse generalmente en los términos de desvío, de carencia o de confrontación. En el primer caso, el desvío estratégico, se achaca al contrincante interno que su estrategia está mal planteada, está desviada, o torcida y, por ende, conducirá al fracaso o, peor aún, desvirtuará ideológicamente el sentido del proyecto político. Los debates interminables sobre el “frente único”, “golpear-juntos-marchar-separados”, “entrismo”, “centrismo”, “parlamentarismo” suelen pivotear sobre este asunto del desvío en base a una supuesta estrategia paradigmática, modélica o canónica.

El segundo problema, la falta de estrategia, suele convertir a los políticos en una suerte de sujetos culpógenos: “Hemos tenido problemas porque nos faltó una estrategia adecuada para llegar al electorado obrero”. Algo así como una argumentación exculpatoria de una ausencia clara de un proyecto estratégico concreto de dónde ir, para qué y, sobre todo, cómo hacerlo.

Sin embargo, el debate más sustancioso o de mayor vuelo intelectual se da cuando a la problemática de la estrategia se la suele ningunear desde un pensamiento espontaneísta o antiestratégico. Es ahí donde la intelectualidad pro-estratégica saca a relucir sus mejores armas teóricas para combatir a esta nueva encarnación del mal, es decir, aquel pensamiento que considera a las cuestiones estratégicas como un atavismo racionalista que poco tiene que ver con el sentido autoguiado que las masas darán a la revolución cuando esta se halle próxima.

Este último debate suele darse en los términos de un perfecto diálogo de sordos donde cada uno de los contrincantes argumenta en contra del otro con una variadad de afirmaciones autovalidadas pero sin posibilidad de falsación epistemológica alguna. En estos casos, la contundencia argumental suele ser directamente proporcional a la sordera de los contendientes.

Desde el arte, el aporte que podemos dar al respecto es el de siempre: sesgar, mirar al bies, el extrañamiento (ostranénie, остранение): hacer extraño lo habitual y habitual lo extraño, o cierto distanciamiento en el sentido brechtiano. Y, habiendo tomado la distancia adecuada, salir corriendo hacia el problema con la paleta de colores, llegar, manchar un poco las cosas, cadenciar y bailar sobre ellas y repensar los resultados. Hemos intentado hacer algo de eso, y lo que queda de todo ello lo hemos dado en llamar metaestrategia, un término espantosamente petulante pero que simplemente quiere decir que hay vida más allá de la estrategia y también de su negación. Para ello hemos recurrido a otros colores, a otros sabores, a otros sonidos. Pero empecemos por la susodicha, por la prima donna.

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Clístenes

Strategia. El stratēgós era el general de un ejército o al comandante en jefe de las fuerzas terrestres, de acuerdo a la reforma de Clístenes en la Época Arcaica, hacia el 500 A.C. que es cuando aparece el término. La strategia es el arte de dirigir ejércitos (stratós, ejército; ago, dirijo; –ia, sufijo que sustantiviza una palabra anterior). Sin embargo, el término parece ampliarse a la idea de plan, esto es: la disposición de recursos en el tiempo y en el espacio para realizar ciertas tareas y acciones que permitan alcanzar ciertos objetivos. Estos dos aspectos (como arte y como plan) parecen solaparse entre sí en los hechos pero, sin embargo, es necesario distinguirlos. Veamos el ejemplo del Plan continental de San Martín en su campaña libertadora independentista desde Mendoza hacia Chile y Perú. Según indican los historiadores dicho plan estratégico surgió de conversaciones entre San Martín y Tomás Guido quien le enseñó el llamado Plan de Maitland, un plan elaborado por el general escocés Thomas Maitland en el año 1800, llamado originalmente “Plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego emancipar Perú y Quito” y que tuvo que ser archivado luego del fracaso de las invasiones inglesas en los años previos de la Revolución de Mayo. Pues bien, aquí tenemos los dos aspectos: el componente racional, de planificación sobre el papel en referencia al qué hacer, con qué hacerlo y cómo y cuándo; y un componente directivo, de ejecución.

Phrónesis. Es quizás el pariente más próximo y más desconocido de su “Majestad, la Estrategia”. En palabras de Aristóteles, es la sabiduría práctica abocada a la transformación tanto del sí mismo como de la realidad externa a través de artes y técnicas. Es lo que los romanos traducían como “prudentia”. El phrónimos, el sujeto de la phrónesis, realiza una doble operación: por un lado, aplica lo universal a lo singular y, por el otro, va de lo teórico a lo práctico. En el primer caso se trata de poder vincular lo uno a lo otro o, dicho de otra manera, relacionar “la vida feliz” con lo muy concreta praxis de “resistir valerosamente los ataques de Aquiles al pie de las murallas de Ilión”. En el segundo caso, Aristóteles nos da el ejemplo de lo saludable de las carnes ligeras: “Si alguien supiese que las carnes ligeras son de fácil digestión y saludables, pero ignorase cuáles son las ligeras, no produciría la salud, sino que más bien las produciría el que supiese que la carne de las aves es saludable. La phrónesis, por tanto, es práctica; así que es preciso poseerla en lo general y en lo particular, y más bien en esto último”.

La problemática de las “carnes ligeras” es quizás una de las cuestiones más candentes en relación a la acción política por parte de la izquierda pero también del feminismo, el ecologismo, el movimiento de derechos humanos, etc. Toda la teoría de la praxis (de las Tesis sobre Feuerbach a Dialéctica de lo concreto de K. Kosik) tiene que ver con esta degustación saludable de carnes ligeras. El reproche de Perry Anderson en relación al refugio académico por parte del marxismo occidental tiene aquí su base y es casi un calco que lo que sostenía el estagirita: “La phrónesis no es tampoco sólo de lo universal, que debe conocer las circunstancias particulares, porque se ordena a la acción, y la acción se refiere a las cosas particulares. Por ello es por lo que algunos que no saben son más prácticos que los que saben”.

Ahora bien ¿Cuál sería la diferencia entre el phrónimos y el strategos? A primera vista, parecieran ser personajes similares pero la distinción conceptual entre ambos podría establecerse sobre algunos aspectos para la acción política: mientras que el strategos lleva un plan racional previamente diseñado que deberá ejecutar, el phrónimos parece libre de tal carga, solo parece contar con una particular habilidad de vincular lo universal con lo singular y lo teórico con lo práctico. Aunque Aristóteles no lo aclara demasiado, pareciera que el phrónimos puede combinar los elementos racionales con cierta sensibilidad o intuición. La phrónesis no requiere de un plan previo, requisito indispensable en la estrategia.

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Lenin llega a Petrogrado

Quizás uno de las cuestiones más interesantes para plantear es el caso de las Tesis de Abril y proponer una hipótesis arriesgada: la de un Lenin más phrónimos que strategos o, para ser más exactos, las Tesis de Abril como el momento phrónesis de un strategos consumado. Quizás con ello podríamos ir saldando el supuesto viraje o rearme estratégico de una manera epistemológicamente más acabada: como si Lenin ajustara con una intensa phrónesis reflexiva los desajustes que la estrategia extremadamente titubeante de la dirigencia bolchevique ante el gobierno provisional iba dejando día a día. Un Lenin phrónimos conviviendo con un Lenin strategos permitiría, quizás, entender lo que pasó en esos meses frenéticos.

Sýnesis. El strategos es una persona que calcula mientras que phrónimos es el que razona. La distinción es sutil pero importante. Sin embargo ambos tienen algo en común: son deliberativos, procesuales y requieren ingentes esfuerzos mentales. Hay una categoría analítica que, sin dejar de ser intelectiva, no es tan deliberativa sino que es “rápida”, es la sýnesis, que significaría la rápida captación de si una acción está de acuerdo con lo que podríamos llamar la “ley universal”, algo así como el principio o principios que rigen un accionar político determinado.

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Gadamer (1900-2002) entenderá y retomará la sýnesis aristotélica como comprensión (Verstehen).

Sería la rápida captación de si una acción está de acuerdo con la “ley universal”, entendida esta como el principio o principios que rigen el accionar político. Para distinguirlo del phrónimos y del stratego, diríamos que el “sinético” juzga (y además rápidamente) mientras que el phrónimos razona y el strategos calcula. Los dos últimos son necesariamente deliberativos, procesuales y requieren esfuerzos mentales. El phrónimos estudiará los fundamentos de una acción, sus pros y contras, sus consecuencias y sus resultados, intentará mantener la cabeza fría para no ser sacudido por la hýbris, por las pasiones; el strategos deliberará sobre las tácticas, las tareas pendientes, sus vinculaciones, la consecución y los posibles retrasos en el tiempo, los recursos necesarios y su empleo, en definitiva: estará calculando siempre. El synetoi, el sinético, el “comprendedor” y “penetrante” (eusynetoi) no aplica un acto discursivo deliberativo sino que posee una intelección inmediata de la acción. El synetoi es rápido en aquellas materias que se prestan a la perplejidad, la confusión y la deliberación. Es el que da el chispazo de la reflexión justa, por eso es comprensivo en el sentido de comprender rápida y penetrantemente la materia sobre la que se delibera.

Anchínoia. La viveza mental (anchínoia) implicaría acertar rápidamente una secuencia lógica determinada. Muy similar a la sýnesis, la podríamos distinguir de esta, haciendo un uso heterodoxo del término sobre el cual Aristóteles apenas dejó un par de párrafos en los Analíticos Posteriores (I, 38), en que mientras la rapidez de la sýnesis está referida a la adecuación de una acción entre lo universal y lo singular, la de la anchínoia se refiere a cualquier materia en la que se presenta una secuencia lógica de acontecimientos. Volvamos a Lenin. El haber decidido el viaje en tren a Finlandia era una verdadera locura, la posibilidad de estar en esa lata de sardinas sellada a cal y canto durante un buen tiempo era un riesgo altísimo. Cualquier mortal con dos dedos de frente hubiera desechado semejante riesgo y optado por una solución menos arriesgada y más racional. Podríamos plantear, como hipótesis, que Lenin, con un caudal importante de anchínoia, optó por una solución tan descabellada como eficaz. No hubo estrategia en esa decisión, tampoco sýnesis: hubo anchínoia en estado casi puro.

Euphýa. Se refiere al talento natural en el arte de encontrar o captar metáforas. Como dice Aristóteles en la Poética: […] “pero lo más importante con mucho es dominar la metáfora. Esto es, en efecto, lo único que no se puede tomar de otro, y es indicio de talento (euphyía); pues hacer buenas metáforas es contemplar (theorein) las semejanzas”. Si bien Aristóteles no se explaya al respecto podemos colegir que, para él, esa capacidad para “contemplar semejanzas” a través de metáforas no es tanto una capacidad aprehendida como un talento natural. La acción política está llena de actores que se han servido de metáforas que han calado profundo en el imaginario social y provocado cambios sociales de mayor o menor amplitud. Por ejemplo, la metaforización de María Antonieta en el contexto de la Revolución Francesa, una figura que enardecía, en su contra, a las masas populares o la caracterización del gobierno macrista argentino como “gobierno de los ricos”, etc. Quedarían pendientes dos temas: el primero, la elucidación de si es una capacidad innata o aprendida en una línea más o menos homóloga a la de la polémica estética entre el Fedro de Platón y El cuervo de Poe (la belleza viene de las musas y el artista es un simple transcriptor versus el artista es un ingeniero que suda la gota gorda y llega a plasmar su creación como quién construye un puente). La segunda cuestión, muy unida a la anterior, es cuánto de intuición inmediata (y no tanto deliberación discursiva) tiene la euphýa. Quizás este último punto lo podríamos dilucidar en comparación con otra capacidad clásica que veremos a continuación.

 

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Euphýa latinoamericana

Parádeigma. Para Aristóteles era la inferencia o inducción retórica. Aquí el argumento por paradigma se inferirá de un particular otro particular. Aristóteles en Retórica da un ejemplo político de parádeigma: […] “como cuando se prueba que Dionisio intenta la tiranía pidiendo una escolta, pues también antes Pisístrato al intentarla pedía una escolta, y habiéndola conseguido, se hizo tirano, y Teognes en Megara, y otros que se conocen; son todos estos paradigmas respecto a Dionisio, del que no se sabe aún si por eso la pide. Todos estos casos quedan bajo el mismo universal de que el que intenta la tiranía pide una guardia personal”. Los debates políticos sobre los cursos de acción a seguir, las estrategias a aplicar o los diagnósticos a realizar son las materias privilegiadas de esta capacidad política. Quizás la ejemplificación más acabada y sintética de parádeigma es un texto de Trotsky del año 1932 (“El bonapartismo alemán”) publicado en el Biulleten Oppozittsii, n.º 32, diciembre de ese año.

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L. Trotsky en Copenhague (noviembre 1932). Fotografía de Robert Capa.

Allí, Trotsky hace una muy interesante reflexión sobre la categoría analítica de bonapartismo comenzando desde su génesis en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Su análisis se refiere al gobierno de Papen y su reciente elección, pero condimentada con referencias a Bismark y a Napoleón I. Trotsky no tiene pruritos de corregirse a sí mismo al caracterizar al anterior gobierno de Brüning como de proto-bonapartista dado lo que vino después con Papen-Schleicher: “Antes habíamos caracterizado el gobierno de Brüning como bonapartista. Luego, retrospectivamente, redujimos la definición a la mitad, como prebonapartista”.

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Franz von Papen

El artículo de Trotsky es una acabada y perfecta ejemplificación del parádeigma aristotélico. Comparando parádeigma con la euphýa podríamos colegir que la primera es más deliberativa, tal como puede verse en el encadenamiento de razonamientos de Trotsky en el texto citado, mientras que la euphýa pareciera ser más intuitiva o “artística”. De allí que los ilustradores, cómicos o fotógrafos sean los que captan de manera inmediata el sentido último de un gobierno o una política mediante metáforas visuales o léxicas. Son esas fotografías o chistes o dibujos que dan, exactamente, en el clavo.

Euboulía o la corrección en la deliberación es una capacidad que los helenistas han rastreado hasta la Ilíada de Homero. Sin embargo no es una simple deliberación correcta sino que es aquella que arriba a un buen fin. Es la excelencia en la deliberación sobre los medios para alcanzar un fin de manera exitosa. Parece tener una prevalencia sobre la strategia en la medida en que esta última sería una parte de aquella, al tratar de disponer los medios para la consecución de unos objetivos parciales, esto es, militares. Inclusive está por encima de la sabiduría práctica o sagacidad (deinótes). La euboulía sería una óptima relación entre la phrónesis y la areté (virtud). Quizás podríamos concluir que la euboulía sería el compendio de las varias habilidades que hemos detallado, incluyendo, claro está, la strategia.

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Salvator Rosa (1615 – 1673) Demócrito (centro) y Protágoras (derecha). Museo Hermitage, San Petersburgo.

El siempre perspicaz Alexandre Koyré incluso llegó a identificar a la euboulía con la ciencia del gobierno, retomando el sentido clásico que Platón daba a la enseñanza de la euboulía por parte del sofista Protágoras: la administración de la casa y de la ciudad, es decir, enseñar para ser el más capaz para hablar y obrar en relación con la polis.

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Como vemos, estas múltiples capacidades o habilidades en la acción política hacen que el asunto de la centralidad de la estrategia en la misma pueda ser, con razón, cuestionado. Digamos que estas hermanas “pobres” van a la casa paterna de la acción política a reclamar iguales derechos que su hermana privilegiada intentando acabar con la primogenitura de ésta.

Quizás la pregunta pertinente sería aquella que de cuenta históricamente de la primogenitura de la estrategia por encima de sus hermanas. Tengo una hipótesis al respecto que me gustaría describir. Creo que el nacimiento, auge y decadencia de la estrategia como paradigma se relaciona con el ejército napoleónico y la leva en masa. No es que antes no haya existido la estrategia sino que no se planteaba como problema. Podríamos homologarlo con esa idea tan creativa que decía que el “hombre” (como ser humano) recién nació en el siglo XVIII con Kant en la medida en que a este se le ocurre preguntar “¿Qué es el hombre?”.

La idea central del ejército napoleónico tuvo una duración de 150 años más o menos: Desde principios del siglo XIX hasta el final de la segunda guerra mundial, a mediados del siglo XX. A partir de entonces, la leva en masa empieza un clamoroso declive para ser sustituido por un complejo militar-industrial que da vuelta como un calcetín la idea de la guerra: esta pasa a ser un nicho de mercado como lo puede ser la venta de pañales descartables, pero con productos un poco más caros, mas peligrosos y no tan tiernos. Lógicamente, el entrelazado de lo industrial y lo militar viene de un tiempo antes y, si somos puntillosos, podríamos hablar del uso del ferrocarril en la guerra de Secesión estadounidense como el primer antecedente del uso de infraestructuras industriales, más allá de la fabricación en serie de fusiles y cañones.

150715004_1-webA fines de la segunda guerra mundial, la estrategia, en tanto paradigma, es tomada por el mundo de los negocios. Ello sucedió a partir de la publicación de un importante libro de dos economistas y matemáticos, von Neumann y Morgenstern quienes crean la teoría de los juegos donde la estrategia es un aspecto central (“Theory of games and economic behaviour”, 1944). A partir de entonces se produjo un fenomenal crecimiento de estudios, teorías, escuelas y recetas prácticas para que, desde el almacén del barrio hasta un gigante multinacional, todos piensen en términos “estratégicos” para sobrevivir y desarrollarse en la “guerra cotidiana” de los negocios.

Por el lado militar, el Moisés de la estrategia, von Clausewitz, empieza a ser cuestionado y sus leyes, grabadas sobre la dura roca de la tradición, empiezan a ser borroneadas. Liddell Hart, un joven y lúcido capitán británico debido a sus serios problemas de salud pasa a la vida civil en 1927 (a los 32 años) y continúa con una prolífica producción teórica sobre temas de estrategia, algo que ya venía haciendo cuando vestía uniforme. Liddell Hart será el principal matizador o desmontador de las ideas de Clausewitz, introduciendo algunos conceptos novedosos: guerra acorazada, estrategia indirecta, la diferencia entre estrategia y gran estrategia, dislocación del enemigo, etc.

liddel-hartLa idea central de Liddell Hart era sencilla pero contundente: Las campañas estratégicas de la historia que han sido más exitosas y productivas han sido aquellas en las que han cumplido sus objetivos sin grandes enfrentamientos. Únicamente seis de las doscientas ochenta campañas de las doce principales guerras europeas (hasta 1914) y que había enumerado y estudiado, han evidenciado un resultado decisivo a continuación de una batalla importante que ponía fin a la campaña. Resultados mucho más decisivos habían sido obtenidos por medios “indirectos” y con mucha mayor economía.

Las ideas de Liddell Hart, quizás sin proponérselo el autor, iban más allá que las simples recomendaciones militares: iban al centro de la cuestión. La guerra es una cuestión de disuación y, por lo tanto, de allí al comercio armamentístico hay un solo y minúsculo paso. Los capitalistas (privados o de estado, en plena Guerra Fría) estaban felices: habían obtenido de los militares una oferta 2×1: teoría de estrategia + negocios redondos a cuenta del poder de compra de los estados. Para ello se debería contar con la materia prima infaltable, la harina con la que hacer el pan, es decir, poblaciones convenientemente asustadas con los espantapájaros de toda la vida, pero revestidos con nuevas confecciones: el enemigo externo y/o interno que estará dispuesto a comerse a tus hijos si no estás lo sufientemente precavido y, por supuesto, convenientemente armado.

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Gordon Gekko (Michael Douglas)

Mientras tanto, las universidades y centros de estudios ligados al empresariado y las finanzas estallan en cursos y programas sobre estrategias corporativas. A partir de los años setenta del siglo XX los jovenzuelos Gordon Gekko sabrán al dedillo las enseñanzas de von Clausewitz, Sun Tzu, la trinidad americana de Lee-Grant-Sherman, pero también (a partir de los noventa) las estrategias revolucionarias de Lenin, Mao y el foquismo de Guevara, ahora estudiadas como piezas arquelógicas por aquellos Patrick Bateman (el psicopático ejecutivo de la novela de Ellis) con pretensiones intelectuales. Todo ese rico y proteínico batido académico sería bien servido en la mesa de los insaciables accionistas que solo quieren ver subir las ventas y expandir negocios.

Si bien la estrategia era la estrella temática en el último cuarto del siglo XX, ello no era óbice para que, paralelamente, se constataran resonantes y repetidos fracasos en su prospectiva y ejecución y ello con una compulsión freudiana. Batallones de estrategas de ese entonces no pudieron prever ni el desenlace de Vietnam o la crisis del petróleo a principios de los setenta, ni la licuación de la “inminente” guerra entre China y la URSS o la implosión de esta última. Ni tampoco el efecto Tequila,ni la crisis de las puntocom, ni la crisis de las subprime de 2008, para hacer un recorrido con trazo ultragrueso de las últimas décadas.

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La izquierda no fue ajena a la hiperinflación temática de la estrategia, sobre todo cuando en los sesenta decidió salir de las almidonadas cuevas platónicas de la academia en la que se había refugiado (y que tan bien hubo de describir Perry Anderson) para hacer una relectura voluntarista del “sangre, sudor y lágrimas” churchilliano y abocarse a ello “de-una-vez-por-todas”. Voluntarismo de la acción pero racionalismo exasperante del pensamiento “estratégico”. El modelo de todos los debates sobre estrategia en la izquierda en los setenta era el mismo en todos lados pero con aplicaciones locales (Francia, Italia, Argentina). El debate argentino entre Roby Santucho y Nahuel Moreno fue, en tal sentido, de antología y la despreocupación historiográfica al respecto es bastante lamentable.

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Ana María Villareal (Sayo) y Mario Roberto Santucho

Son más o menos conocidos los términos del debate (participar o no en la lucha armada y cómo), los estilos (más rígido en Santucho, más zigzagueante en Moreno), los tempos (ansiosos y perentorios en Santucho, flemáticos en Moreno), los diagnósticos (más lineales en Santucho, más amplios en Moreno), los usos de los recursos (planificados en Santucho, incrementales o modulares en Moreno).

En realidad, en el corazón de la disputa no se estaba planteando un debate entre estrategia foquista o estrategia trotskiana tradicional sino en como deshacerse de lo no racionalizable, de ese resto no digerible, de lo ominoso político-epistemológico, en definitiva: como detener la metonimia permanente de la voracidad capitalista para parafrasear, de manera algo bizarra, a Lacan. Santucho y Moreno fueron, en tal sentido, unos talibanes del racionalismo político que podríamos emparentar con el positivismo roquista de fines del siglo XIX y su batalla con lo ominoso indígena. Es cierto que la época, los sesenta-setenta, se prestaba para arrasar con todo lo que oliera a existencialismo con su humanismo melifluo y que la moda era un estructuralismo furioso que prometía poner en ordenadas y taxonómicas cajas todo bicho viviente que caminara por ahí afuera tomando el sol de la realidad. Era la época en que Sartre olía a rancio y Althusser, bien perfumado, detentaba el pontificado académico.

Epistemológicamente hablando, podríamos decir que Santucho y Moreno siguieron siendo siendo toda su vida unos racionalistas militantes en la medida que tenían una fe ciega en el poder de una estrategia que, bien aplicada, cambiaría todo lo ahora conocido. La equivocación de ambos no estaba en poner sobre la mesa el tema de la lucha armada, como podría pensarse desde una estrecha moralina política, sino en la exasperante y gélida racionalidad que anida en todo amante de la estrategia. Y es aquí que entramos en el núcleo de mi argumentación.

Sacar la centralidad o la “primogenitura” de la estrategia en la acción política no significa tener un pensamiento anti-estratégico y preconizar el espontaneísmo, la inmediatez y el pragmatismo del día-a-día-político, sino poner en pie de igualdad las diferentes racionalidades y sensibilidades, incluyendo, claro está, a la estrategia. Para decirlo claramente, existe vida más allá de la estrategia y su antagonista, la antiestrategia. Si bien hemos sacado de la chistera algunos ejemplos de Aristóteles para intentar demostrarlo, no podemos dejar de recurrir a nuestra fuente primigenia de la cual bebemos cotidianamente: el arte.

Dos películas vienen como anillo al dedo como disparadores del debate estratégico de la izquierda en Argentina: Elizabethtown (2005) y Relatos salvajes (2014).

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Elizabethtown (2005) es una entretenida y pasatista comedia romántica escrita y dirigida por Cameron Crowe, protagonizada por Orlando Bloom y Kirsten Dunst. Drew Baylor (Orlando Bloom) es un joven y muy exitoso diseñador en una empresa gigante de zapatillas (podría ser Nike o Adidas) y protegido del presidente de la compañía (Alec Baldwin) quien tenía fe ciega en el muchacho. La compañía había apostado estratégicamente todas sus fichas al nuevo y revolucionario diseño de una zapatilla desarrollada por Bloom. La zapatilla resulta ser un fiasco monumental y la empresa está al borde del precipicio y el joven Orlando cae en lo más profundo de su carrera profesional y personal. Y es allí donde comienza la película.

Relatos salvajes (2014) es una comedia negra escrita y dirigida por Damián Szifron, hilvanada sobre diferentes historias que tienen en común un brutal espíritu de venganza por parte de los personajes principales con ribetes tragicómicos. La secuencia más memorable es la última, que nos cuenta la historia del festejo de una boda que, planificada hasta el último detalle por parte de la pareja protagonista (ambos pertenecientes a familias acomodadas) termina en una descomunal batahola, en una catástrofe tan memorable como gigantesca.

Ambas películas abrevan sobre lo mismo: Una planificación “estratégica” milimétricamente diseñada que se desmadra de una manera mayúscula por una serie de eventos fortuitos o desconocidos.

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Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”

Estamos en el terreno goyesco de una de las tantas lecturas a que da lugar a “El sueño de la razón produce monstruos” o, para hablar nietzscheanamente, Dioniso vengándose de Apolo o, para ser aún más rigurosos siguiendo a Eurípides, es Dioniso jugando de manera cruel con el soberbio y racional Penteo ¿Qué hacer? ¿Anular a los “estrategas” de los partidos revolucionarios por sus repetidos fracasos como lo haríamos con la ocasional wedding planner? Por supuesto que no: el corolario que parece resumir esta larga perorata (que espero no haya aburrido demasiado) es que a los problemas de estrategia no se los soluciona con menos o ninguna estrategia, ni siquiera con más estrategia sino con un más allá de la estrategia, con una metaestrategia, un plus ultra estratégico. De eso hemos estado hablando.

N. Patricio Reyes C.

Bonus Ozu

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Yasujirō Ozu

Ayer me llamó el Secretario General de las Naciones Unidas. La conversación fue breve y conminativa. Me dijo que, visto el rotundo éxito de mis galletitas de avena entre los miembros del Comité Internacional de Evaluación del Arca, me permitirían un bonus categoría 3; es decir, me autorizaban a ofrecer una sugerencia sobre cualquier cosa que pudiera ser útil para la humanidad una vez que el Arca encontrara un nuevo planeta donde establecerse.

-Bueno, déjeme pensarlo, le dije.
-Déjese de tonterías Sr. Reyes, me respondió, no hay tiempo, en 65 días el Royi-27 impactará sobre la Tierra.
-¿Puede ser sobre cualquier cosa? -Sí, contestó.
-Bueno, les sugiero que lleven la filmografía completa de Ozu.
-¿Quién es ese?
Y ahí estallé: -¿¡Qué quién es ese!? ¿¡Y usted está a cargo de la evacuación de la humanidad!?
-Déjese de politiquería barata, sr. Reyes, y mándeme por wasap los fundamentos de porqué “ese” Ozu debería ocupar espacio en el Arca.
-No uso wasap.
-Vaya, vaya, el sr. alternativo no usa wasap. ¿Y cómo se comunica sr. Reyes?
-Bueno, no es un tema que a usted le concierne y, además, creo que en 65 días mis contactos y yo mismo -pero NO USTEDES- estaremos algo chamuscados, calcinados más bien.
Le doy 24 horas para que aproveche su bonus categoría 3 y nos lo envie bien fundamentado a nuestro correo electrónico. Y colgó.

Hasta hace unos minutos estuve redactando mi fundamentación. Puse algo de su técnica fílmica, su angulación particular, sus ejes dislocados, sus historias de las clases medias y populares del Japón del siglo XX, de sus mujeres, de Noriko (¡Oh, Noriko!), del amae en las relaciones familiares, del zen. Plagié de manera artera a Richie, a Bordwell, a Schrader, a Burch, a Sato, a Wenders, a Kiarostami.

Reflexioné un poco mejor y no me arrepiento de haber apretado la tecla Delete a lo que había escrito. Saqué del horno mis galletitas de avena con chips de chocolate (cuya receta tendrán esos cabrones) y me dispuse a ver mi propio bonus categoría 3 esperando a Royi-27.

N. Patricio Reyes

Filmografía de Yasujirō Ozu: https://wp.me/p7rDzl-21m

Djam + Rebétiko

Exilio, migraciones forzadas, fascistas, banqueros voraces y nostalgias lacerantes tienen un lado flaco, un punctum, un punto ciego desde el cual pueden verse en su totalidad y, por ende, propiciar su disolución, su tan necesaria licuación. Ese punto ciego es, nunca dejó de serlo, el arte. De eso trata Djam, película cuyo pre-estreno pude ver en la Alianza Francesa.

Rebétiko, ese género musical, desarrollado por los griegos expulsados de Turquía en los tiempos de Ataturk, es lo que circula profusamente en Djam, la excelente película de Tony Gatlif en la que se narra las andanzas de Djam, una irreverente joven griega residente en la isla de Lesbos, que debe buscar una biela de barco a Estambul a pedido de su padrastro Kakourgos. Allí conoce a Avril, una joven francesa perdida en la ciudad, luego de una fracasada tentativa de ir a Siria a ayudar a los refugiados.

El viaje, como todo recorrido que merezca ese nombre, es un viaje externo pero también interno, de autodescubrimiento y de toma de conciencia de una realidad que golpea por todas partes y en todo momento. Pero está el rebétiko, esa música parecida al tango o al blues (de origen marginal, que canta amores trágicos, la vida dura, la prisión, el hachís, etc.), con la que se podrá conjurar los demonios y hasta quizás vencerlos.

Excelentes interpretaciones de Daphne Patakia (Djam), Simon Abkarian (Kakourgos) y Maryne Cayon (Avril) en los principales papeles.

N. Patricio Reyes C.

Desamor, de Poulenc a Björk

Ayer, sábado 4 de noviembre de 2017, asistí a una bellísima ópera de cámara en La Cúpula del CCK, “La Voix humaine” (1959) de Francis Poulenc con libreto de Jean Cocteau y basada en la obra de teatro homónima de este último. La mezzo Vera Cirkovic realmente se lució tanto a nivel vocal como actoral en una obra donde la interacción corporal con el aparato telefónico y los almohadones -lo duro y lo blando- hizo que lo minimalista de la puesta (la régie estuvo a cargo de un lúcido Alejandro Cervera) potenciara la obra al máximo. Nunca mejor dicha la afirmación propia de los diseñadores gráficos “Menos es más”. El pianista griego Dimitri Vassilakis merece palabra aparte. Además de una perfecta interpretación (para comparar solo basta un par de clics en youtube) se notaba una absoluta integración con la parte vocal-actoral. Un verdadero lujo haber escuchado a este excelente pianista.

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La mezzosoprano Vera Cirkovic en “La Voix humaine” (1959) de Francis Poulenc

La obra que habla del desamor nace del desamor. Cuando el parisino Francis Poulenc tiene en 1957 una ruptura amorosa con Louis Gautier (un joven soldado) decide musicalizar una obra de teatro de su amigo Cocteau que había sido estrenada en 1930. “La voz humana” es un dramático monólogo de una mujer al teléfono hablando con su amante quien la abandona por otra mujer. La pieza le venía como anillo al dedo al compositor quien ya venía vapuleado en términos amatorios: En los brazos del soldado Louis Gautier había encontrado algo de solaz luego de la muerte de su amante Raymond Destouches en 1955.

Cuando Poulenc termina su composición para soprano y piano (escrita para ser interpretada por la cantante Denise Duval) Cocteau queda maravillado. La obra se estrena en París en febrero de 1959.

La pieza es desgarradora y es imposible no sentirse identificado con la protagonista. Me hizo acordar al último y uno de los mejores trabajos de Björk, Vulnicura (2015), un álbum también nacido del desamor y la ruptura de la gran creativa islandesa con su amante. Y sobre todo de la fantástica (en el doble sentido: de buenísima y de fantasy en su video musical) Notget. Asimismo se agolpaban en mi pequeño cerebro millones de otras piezas musicales y literarias con la misma temática, pero NotgetFragmentos de un discurso amoroso de Barthes (el referido al amante y el teléfono, La espera) fueron las que acudían con más fuerza.

Ya sabemos que el “mal de amores”, las rupturas amorosas y los vericuetos dolorosos del amor forman parte del paisaje habitual de los artistas y creadores que nos proporcionan al resto de los mortales una guía, una cartografía sublimada y consoladora al susurrarnos al oído: “Recuerda…no estás solo/a en este barco”. En el momento del naufragio esas palabras nos sabrán a poco, pero luego de habernos agarrado al madero, en medio del brutal oleaje y llegar a alguna isla (si es que llegamos) podremos recordarlas y agradecerlas.


N. Patricio Reyes C.

 

Síntesis ideológica

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Vas a seminarios del tipo “Gramsci, nuevas perspectivas” y subrayás como un obseso los textos de Bensaïd. Lees a Laclau para luego ir al baño y hacer lo que hace tu sobrina anoréxica. Te reís de cómo a veces patina el sesudo de Vattimo y te ponés serio con Brossat. Te alterás con Negri y sus hijos podemitas, Agamben no te termina de cerrar pero Jay te gusta más. Te acostás con Harvey, te levantás con Jameson y Anderson te prepara el desayuno. Disfrutás del sentido del humor de Eagleton y bostezás con Althusser y Badiou.

Pensás que sos un iluminado pero que todavía no encontraste la síntesis: tu síntesis. Ayer en el parque te encontraste con tu sobrino veinteañero que aún no sabe sacarse los mocos y que tiene un penoso y ralo bigotito; te saludó ¿Qué hacés fiera? ¿Seguís leyendo ese bodoque? señalando las 700 y pico de páginas de “La ideología alemana”. Yo lo leí la semana pasada y se me ocurrió hacer una camiseta alusiva al respecto ¿te gusta? 

En dos segundos, miles y miles de páginas de tu no-síntesis se te vinieron encima. Solo atinaste a esquivar tu bulto mental y replicarle: A ver “fiera”…mostrame como te sale el kickflip.

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Y para seguir con onda skater un temazo de los RHCP

Patricio Reyes C.

Spears, lectora de Marx

Desde que el mundo es mundo algunos pocos cuentan chistes, hacen bromas, chanzas y chascarillos. Los demás, es decir casi todos nosotros, los acompañamos riendo. Los antiguos griegos crearon al respecto todo un género dramático dedicado a lo cómico relacionado con los antiguos ditirambos y dramas satíricos que, a su vez, estaban referidos al culto de la fertilidad y, por ello mismo, al dios Dioniso. Sea con Aristófanes o con el payaso de nuestro grupo de amiguetes venimos riéndonos por ocurrencias más o menos sofisticadas o toscas, oportunas o desubicadas.

Hace aproximadamente un siglo uno de los maestros de la sospecha, el Dr. Freud, descubrió que rascando un poco la primera y superficial capa del chiste, hay cantidades ingentes de información referidas a contenidos inconscientes. Nos seguimos riendo como lo hacemos desde el paleolítico junto al fuego de la cueva pero, desde principios del siglo XX, además de reírnos, sospechamos de nuestra risa y, por supuesto, de la ajena.

En esta charla hablaremos del muy interesante trabajo de Britney Spears “Work Bitch”, de los efectos a que dio lugar y las reflexiones que me provocaron. Primero vino la risa: Spears interpretaba o leía a Marx. Luego, o casi al mismo tiempo, entraba la sospecha. Lo que sigue es un compendio de esa jocosidad y esta seriedad, es decir, algo parecido a esa ensalada “agridulce” que tu tía se empeña en hacerte probar cada vez que vas a visitarla.

Cuando escuché por primera vez “Work Bitch” quedé pasmado. No fui el único. Tuvo muy buena recepción de público pero también de la crítica especializada. No solo se había instalado en el centro de las pistas de baile del planeta con una música potente sino que logró atraer a una intelectualidad que no comprendía del todo que era lo que quería transmitir. El video, por si fuera poco, dejaba aún más interrogantes. Lógicamente, todos los focos marxianos se fueron encendiendo uno a uno apuntando nuevamente a la Spears.

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Santiago Maldonado, Andrei Rubliov y las bandas delictivas estatales

Una de las perspectivas más interesantes pero más dramáticas para los artistas se refiere al vínculo del arte y sus protagonistas con las diferentes bandas delictivas que posee el estado. El caso de la detención y desaparición de Santiago Maldonado el 1º de agosto por parte de la pandilla de delincuentes de la Gendarmería vuelve a relacionar uno y otro campo: el del arte y la vida por un lado y el de la muerte, los negocios y la opresión por el otro.

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Pandilla delictiva estatal en cacería de mapuches en el territorio provincial de Benetton

El “caso Maldonado” ya es archiconocido y muy mediatizado y está siendo llevado por una de las dependencias de multinacional Benetton, más precisamente su departamento judicial: el Juzgado Federal de Esquel a cargo del Juez Guido Otranto acompañado por una dependencia administrativa también de los Benetton: la Fiscalía Federal de Esquel, a cargo de Silvina Ávila. Seguir leyendo Santiago Maldonado, Andrei Rubliov y las bandas delictivas estatales

Santiago, la niña y la entrañable transparencia de la Gendarmería

La gente, a veces, tiene certezas. Por ejemplo, todas las niñas argentinas saben que el tercer domingo de agosto tendrán un regalito porque esa jornada es el Día del niño. Las certezas suelen relacionarse con la luz, lo iluminado, lo transparente que permite ver a través. El antónimo de la certeza es la incertidumbre, la zozobra y se relaciona con la opacidad, la oscuridad, lo que no vemos y que, además, nos angustia. Seguir leyendo Santiago, la niña y la entrañable transparencia de la Gendarmería