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Lakan Ki-duk y Moebius

moebius_kim_ki-dukSe dice que si Romeo y Julieta hubiesen tenido un noviazgo normal con posterior casamiento, si hubieran tenido un par de hijos (seguramente habrían sido más), si se hubieran separado (o seguido juntos) y hubiesen envejecido para, finalmente, morirse de alguna gripe o neumonía, no tendríamos una historia digna de ser contada. Toda la literatura se basaría en eso: en lo fuera de lo común de las historias narradas. Claro, desde una postura contraria a esta afirmación se alegará que el naturalismo o el realismo o las historias mínimas o los antihéroes o las historias “donde-no-pasa-nada” rompen esa idea de que toda historia debe tener algo picante. Esas convenciones narrativas (historias “donde-no-pasa-nada”), haciendo un uso mayúsculo de las elipsis temporales, dan a entender que aún la cotidianidad más minúscula y rutinaria es también estetizable, es decir, desarrolla otra convención variando los ingredientes. Romeo, casado, en el sofá, tomando cerveza y viendo fútbol con sus amigotes también es novelizable en este sentido.

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Lacan atrumpado por Zizek

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I. Señorito Rottenmeier. El «escándalo Zizek», referido a la elección de Trump, puso en el ojo de la tormenta a los intelectuales de izquierda y lacanianos a partes iguales. El debate, lejos de calmarse parece crecer, sobre todo teniendo en cuenta la próxima seguidilla de elecciones europeas. El Left Voice arde en visitas al respecto. Que un marxista lacaniano (o viceversa) como Zizek prefiera a Trump antes que a Hillary porque «puede provocar un tembladeral que, en última instancia, será beneficioso para un cambio posterior (por izquierda)» es un argumento, a mi gusto, ciego y perverso. Algo así como una pedagogía sádica: «Dejá que el nene saque el brazo por la ventanilla…cuando se lo arranquen aprenderá». En realidad, en el centro del «escándalo Zizek» podría estar la doble confusión entre defensa y resistencia, por un lado y entre establishment y antiestablishment, por el otro. Quizás verlo desde la lectura kojeveana de la Fenomenología del espíritu de Hegel, más precisamente la dialéctica del amo y el esclavo releida desde Lacan pueda aclarar algo las cosas. Veamos brevemente estos tres puntos. Seguir leyendo Lacan atrumpado por Zizek

Chop Suey de Lacan

Chop Suey!: La eterna demanda (insatisfecha) al padre imaginario y que termina como tiene que terminar: En el autoaniquilamiento. Nunca un tema fue tan oportunamente profético (Torres gemelas y sus suicidas-inmolados en su desquiciada demanda). A 15 años del mejor álbum (para mí, claro) de los fantásticos System of a Down: «Toxicity», 2001.

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Publicación original en: blog sociocultural

Los gatos de Lacan

el-gato-negro«El gato negro» de Poe es considerado, con justa razón, una obra maestra del terror sobre todo el terror psicológico y, a estas alturas, es imposible no leerlo con los lentes de M. Bonaparte, es decir no pensarlo sino como el miedo a la castración encarnada en la mujer.

Cuando Derrida entra en ese combate de egos con Lacan a propósito de «La carta robada» de Poe, resalta la omisión del psicoanalista en relación al gato negro y hace algo así como un careo (casi policial, hay que decirlo) del texto del Seminario con el de Bonaparte. «El cartero de la verdad» de Derrida se hizo tan célebre como el Seminario de Lacan al que cuestionaba. Lo cierto es que la carta de Poe se hizo mucho más famosa que su felino. Es un hecho: Todo intelectual que se precie de ser tal se abalanza sobre la carta, pero no así sobre el gato. Una salvedad: Zizek rellena algo -pero no mucho- el hueco dejado por Lacan a propósito del felino de Poe, aunque ello lo hace en relación a otro cuento del estadounidense, «El diablillo de la perversidad».

Pero esto no me alcanza. Me sabe a poco. Aunque, a decir verdad, otros están peor que el de Poe ¿Qué pasa con el reflexivo gato de Soseki? ¿Y con el felino increíble de Bulgakov en «El maestro y Margarita»? El psicoanálisis tendría tanta tela para cortar con estos dos gatos (de imprescindible lectura) que me parece un desperdicio que anden todavía callejeando por ahí sin ser tratados como corresponde.

Estas reflexiones no son mías sino que me fueron susurradas, ronrroneadas por Kenia quien me pidió que, por favor, las transcribiera. Eso hago.

N. Patricio Reyes C.

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Psico-kitsch

 

Psico-kitsch

Maneki-neko-ok¿Hay psicoanálisis kitsch? O mejor ¿Hay lecturas kitsch del psicoanálisis? Desde A. Moles sabemos que hay una «Psychologie du Kitsch» pero ¿Al revés? El asunto es complejo. Creo que los neuróticos somos, indefectiblemente, kitsch en nuestra repetición, en nuestra instance, a la manera del gato maneki-neko. Pero del otro lado del mostrador el asunto es un poco más borroso. Y eso se ve en la Academia y en la cultura popular.

Leamos, por ejemplo, las ponencias de algún seminario o congreso de psicoanalistas. Encontraremos infinidad de refritos freudianos, winicottianos, lacanianos, aulignerianos, etc. Como el viejo chiste: «Si copias a uno se llama plagio, si copias a varios se llama investigación». Y es que uno de los principios fundantes del kitsch es, precisamente, la copia, el refrito. La refritanga conceptual es la fruición, un tanto onanística, de regodearse en cómodos colchones conceptuales sin su necesario anclaje clínico. He aquí la Antígona del Seminario VII. ¿Cuántas veces tendremos que leer refritos del mismo con apariencia de «vean-cómo-descubrí-la-pólvora»?

Es cierto que, a veces, puede haber nuevas luces sobre la Antígona de la Ética. Me ha pasado que para leer Kant con Sade tuve que recurrir, inevitablemente, al siempre pedagógico y lúcido Miller. En la Academia, la frontera entre lo kitsch y el genuino aporte es, a veces, borrosa. Describir y explicar aspectos oscuros de un texto es una cosa. Es un aporte. Refritar conceptos y glosarlos con una pátina de buen verbo, es otra: es kitsch.

El otro frente kitsch no viene de la Academia sino de la llamada «cultura popular» en el sentido americano (no europeo) del término: los media; sobre todo las revistas llamadas «femeninas» (que no feministas) que son, qué duda cabe, un chernobyl cultural en papel brillante. La banalización a través de la página de «tu amigo/a psicoterapeuta» supone un kitsch en escala industrial que, a cambio de la popularización psicoanalítica, bastardea a mansalva sus epistemologías. Algo así como «El beso» de Klimt que, repetido hasta el hartazgo, terminamos detestándolo como ya lo hicimos con los angelotes asomados de Rafael.

Alguien objetará (quizás con razón, solo quizás) mi mirada bizarra y literaria del mundo psi. No importa. Nadie me quitará el placer de escribir desde mi torre Eiffel de baquelita.

N. Patricio Reyes C.

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Muse de Lacan

Muse de Lacan


I. No seré original si digo que Muse debe ser una de las mejores bandas en lo que va de este aún corto siglo. Sin embargo, lo que más me llama la atención es la enorme cantidad de canciones con especial referencia (en títulos y letras) a cuestiones psicoanalíticas. Si su álbum Origin of Symmetry (2001) es, de lejos, lo mejor de su producción, no se quedan atrás The Resistance (2009) o el último Drones (2015), que son los que más me gustan. Los otros, también son buenos pero estos son mejores. En Undisclosed Desires, Dead Inside, Uprising, Space Dementia, Madness, Psycho, Hysteria, y muchos otros títulos encontramos un compendio de claves psicoanalíticas aplicadas, especialmente en la temática de las relaciones amorosas tortuosas y/ o controladoras (incluyendo aquí también lo político).

II. Es bien sabido la vertiente intelectual de Matt Bellamy cuya voz prodigiosa va acompañada de un soberbio esteticismo. Véase sino su sinfonía Exogénesis de The Resistance con influencias de Rachmáninov, Strauss o Chopin. O la relectura del Nocturno de este último en Collateral Damage. Un crítico musical, a propósito de Origin of Symmetry decía: «Es asombroso que una banda tan joven este cargada con una herencia que incluye las visiones más oscuras de Cobain y Kafka, Mahler y The Tiger Lillies, Cronenberg y Schoenberg».


III. Sin embargo, algo me llama aún más la atención que la vertiente psicoanalítica de Muse: El relativo descuido que sobre la música tuvieron los grandes nombres del psicoanálisis. Bien sabemos de la sordera musical de Freud (que fue explicada por él mismo en el Moisés) pero también de Lacan (quizás un poco menos sordo). La justificación que dio Freud quizás valdría para este último: No pudieron conceptualizar lo musical, como sí lo hicieron con los textos o Freud también con la escultura (aunque no con la pintura). Mi opinión es que ellos son apolíneos por naturaleza, conceptualizadores natos, pero impotentes dionisíacos, nietzscheanamente hablando. Porque la música es, básicamente, dionisíaca. N.M. Cheshire sugiere que lo de la sordera musical de Freud es más un conflicto personal que una deficiencia cognitiva; algo parecido a lo que afirmaba Theodore Reik quien da a entender que la sordera le funcionaba como “mecanismo de defensa”.

IV. La falta de oído de los maestros fue destacada por sus discípulos algunos de los cuales no se quedaron en la congoja sino que se animaron a saltar la vallas apolíneas, sumergirse en lo dionisíaco (los planos sensual y expresivo de los que hablaba Aaron Copland) bailar como se debe y volver, sanos y salvos, a la siempre acogedora casa conceptual. Gracias a ellos podemos degustar un poco mejor no solo una «Muse de Lacan», sino también pasar de un System of a Down a un Arvo Pärt o a un Morton Feldman sin mayores sobresaltos. Y eso sin dejar a un Bartók o un Xenakis en el camino. Sirva esto como homenaje a nuestro Arnoldo Liberman, pero también al imprescindible François Regnault, a Clément Rosset, a Jan Jagodzinski (con su focalización en la «histerización de la escena posmoderna» o el fenómeno del «Fan addict»), Alexandra Harrison y tantos otros psicoanalistas que le pusieron audífonos a sus maestros. Desde el arte, más que agradecidos. Desde el mundo psi, creo que también.

N. Patricio Reyes C.

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¿Nuestros analistas son caníbales? ¿Los caníbales son freudianos? ¿A que sabe un sujeto deseante? ¿Mi transferencia es digerible? Creo que va siendo hora de hablar de Lacan y sus caníbales. A partir de Abraham sabemos que existe una canibalística, una oralidad sádica en la que el sujeto pasa de succionar a morder. Freud mismo intentó pergeñar la idea de una «comida totémica» en la que, al comer a este individuo, me apropio de sus cualidades. También podemos pensar en la sagrada Eucaristía, rito central del cristianismo en el que, comiendo el cuerpo y sangre de Cristo, me «apropio» de Él y entro en Alianza (nueva y eterna) con Dios mismo. No hace falta aclararlo: A partir de los ocho años, los niños cristianos practican, con fruición devota, el canibalismo ritual de sus mayores, una antropofagia en toda regla si atendemos al dogma de la transubstanciación. Lacan no ofrece mucho a la canibalística: Ahí están sus escritos tempranos, tan kleinianos, donde describe los fantasmas en relación a mami: devorarla o ser devorado por ella; después, desarrolla la idea de la pulsión oral como pulsión parcial relacionada (al igual que la anal) con la demanda y nos da algún esquema de las cuatro pulsiones. No mucho más, en verdad. Digamos que no hay una canibalística como la conceptualizada por K. Abraham.

Antes de preguntarnos a qué sabe mi analista, sujeto supuesto saber, deberíamos tener una imagen mental de Lacan y sus caníbales. Seguramente será, si tenemos sentido del humor, el dibujo de una gran olla con Lacan dentro, cocinándose, mientras nuestros caníbales (muy estereotipados en su diseño) ofician de cocineros o comensales. Esa viñeta humorística es correcta. Bastante correcta. Y es que el lacanibalismo se refiere a la relación de Lacan con los caníbales, es decir, con la disciplina que los estudia: la antropología y, específicamente, con la antropología de las emociones.

Y es que no hay psicoanálisis si no es a partir de una emoción culturalmente situada. Margaret Mead y Ray Birdwhistell señalaban los enormes malentendidos en los flirteos amorosos entre los soldados estadounidenses estacionados en Inglaterra y las jóvenes inglesas. Estas opinaban que aquellos no eran más que patanes y estos decían que las inglesas eran «chicas fáciles». Y es que los rituales amorosos de unos y otros eran completamente diferentes, sobre todo en lo referente al beso y, más precisamente, el beso en la boca (como punto de entrada o punto de llegada). El beso, en sí mismo, cambia absolutamente según grupos étnicos, clases sociales, género, grupos etarios, etc. El lacanibalismo tiene en estos cruces con las diferentes culturas afectivas una fuente inagotable de recursos para cosechar e ir más allá de los consabidos grafos supuestamente universales. Pensemos, por citar algunos ejemplos, en la proxémica o en las diferentes expresiones corporales de las emociones o en sus socializaciones ritualizadas.

Quienes hemos convivido largamente con la antropología o hemos viajado un poco sabemos cómo, por ejemplo, un tenue, un minúsculo marcador gestual en una sociedad significa muchísimo en otra. Lacan y sus caníbales es el Lacan culturalmente situado. Es un psicoanálisis que sabe…umm…sabe um pouco mais gostosobon appetit, Dr. Lecter.

Patricio Reyes C.

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San Miller, yerno

Hay yernos que se las traen. El de Mahoma es un claro ejemplo. El profeta, fatigado y en recta final de su prédica en este mundo, decide que es hora de pasar el testigo a alguien fiable, con capacidad de liderazgo e inteligente. Lógicamente, estaba pensando en su primo y yerno Alí. El profeta muere, se reúne con Alá y hace lo que hacemos todos cuando nos morimos: desde la nube que nos toca en suerte, nos dedicamos a mirar como están las cosas allá abajo. Pulsión escópica, que le dicen. Y es lo que hizo el profeta, pero cuando vio lo que sucedía, se agarró la cabeza y se hubiese querido morir si no contara con la insalvable dificultad de que ya estaba muerto. Reclamó una resucitación urgente para bajar y arreglar las cosas, pero el Jefe de la tribu le dijo lo que todo el mundo ya intuía: «Ya no hay resucitaciones para nadie, ni transmigraciones de almas, ni leches. El último resucitado acabó con mi paciencia. Acá el único egocéntrico soy yo. Estoy cansado de las niñerías de todos ustedes».

Lo que vio el profeta es lo que ya sabemos por el anecdotario de la tragicomedia humana que insisten en llamarla historia universal: Alí no tenía tanto liderazgo, otros califas «lo caminaron» y todo terminó en luchas fraticidas y la separación entre chiítas y sunitas.

Mil quinientos años después se repite la historia. Retorno del goce, que le dicen. Cuando Lacan muere y es recibido en el cielo por el Señor (ya sabemos quién) su yerno J-A Miller se frota las manos: «Esta es la mía». Bueno, ya lo dijo Don Carlos: «La historia se repite primero como tragedia y después como farsa». J-A Miller que, como buen francés, conocía la sentencia de El 18 Brumario, se prometió a sí mismo que «Si hay retorno que sea como tragedia pero no como farsa» y replicó, como pudo, lo que El Otro hizo con Pedro: fatigando solemnidad balbuceó «Sobre estos Écrits et Séminaires edificaré mi Iglesia». Fue así que creó la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Años después, amargadísimo, San Miller despotricaba por las disensiones internas y las serruchadas de piso. Eso puede verse en las imprescindibles Charlas brasileñas en las que (yéndose por las ramas ya que estaba explicando Kant con Sade) muestra asombro, con cierto desazón, por la cantidad de diferentes grupetes lacanianos en Argentina. Ovejillas descarriadas luego de la ascensión de Lacan al cielo. San Miller enseguida supo lo que nosotros: Que si hay 3 psicoanalistas en el barrio habrá cinco grupos de Campo Lacaniano. Pulsión inflacionaria argentina, que le dicen.

Retorno del goce para el yerno, pero no para nosotros, simples neuróticos que nos divertimos como locos con las aventuras y escritos de nuestros/as analistas y sus profetas. Transferencia positiva, que le dicen.

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San Miller fotografiándose en «posesión» de los Textos Sagrados. 

N. Patricio Reyes Caldarone © y Copyleft

Gruyere de Lacan

En algunas reuniones sociales a veces me encuentro en el aprieto de tener que explicar esto o aquello de Lacan. Suelo escapar por la tangente, por la autopista más rápida y práctica: digo que leo Freud, Lacan, Miller, Zizek y a las lacanianas feministas pero que no soy psicoanalista: Un psicoanalista “te-lo-explicaría-mejor”. Santo remedio…a veces. Muchas otras no funciona y, en algunos casos, es peor: Como estoy “afuera” puedo tener una visión “más global”. El plan B es recabar ayuda a algún psicoanalista que, copa de tinto en mano, casi siempre estará escuchando -“gratuitamente”- las neurosis de algún contertulio. El Plan B opera, claro está, como un doble rescate: Una mano ayuda a la otra. Si no puedo activar el plan B queda, por último, la estrategia del gruyere: Voy a la mesa de quesos, tomo uno y le muestro a mi interlocutor/a el cubito: ¿Ves este gruyere? Sí ¿Qué lo define? Los agujeritos. Eso es Lacan: La falta. Lo que define a los sujetos, como al gruyere, es lo que les falta. ¿Cuál es tu deseo de estos días? Que no me trasladen en mi trabajo y que me aumenten el sueldo. Bueno, ya entendiste a Lacan y la metonimia del deseo, lo demás son detalles. Engorrosos, difíciles y complicados detalles literarios.