Muse de Lacan


I. No seré original si digo que Muse debe ser una de las mejores bandas en lo que va de este aún corto siglo. Sin embargo, lo que más me llama la atención es la enorme cantidad de canciones con especial referencia (en títulos y letras) a cuestiones psicoanalíticas. Si su álbum Origin of Symmetry (2001) es, de lejos, lo mejor de su producción, no se quedan atrás The Resistance (2009) o el último Drones (2015), que son los que más me gustan. Los otros, también son buenos pero estos son mejores. En Undisclosed Desires, Dead Inside, Uprising, Space Dementia, Madness, Psycho, Hysteria, y muchos otros títulos encontramos un compendio de claves psicoanalíticas aplicadas, especialmente en la temática de las relaciones amorosas tortuosas y/ o controladoras (incluyendo aquí también lo político).

II. Es bien sabido la vertiente intelectual de Matt Bellamy cuya voz prodigiosa va acompañada de un soberbio esteticismo. Véase sino su sinfonía Exogénesis de The Resistance con influencias de Rachmáninov, Strauss o Chopin. O la relectura del Nocturno de este último en Collateral Damage. Un crítico musical, a propósito de Origin of Symmetry decía: “Es asombroso que una banda tan joven este cargada con una herencia que incluye las visiones más oscuras de Cobain y Kafka, Mahler y The Tiger Lillies, Cronenberg y Schoenberg”.


III. Sin embargo, algo me llama aún más la atención que la vertiente psicoanalítica de Muse: El relativo descuido que sobre la música tuvieron los grandes nombres del psicoanálisis. Bien sabemos de la sordera musical de Freud (que fue explicada por él mismo en el Moisés) pero también de Lacan (quizás un poco menos sordo). La justificación que dio Freud quizás valdría para este último: No pudieron conceptualizar lo musical, como sí lo hicieron con los textos o Freud también con la escultura (aunque no con la pintura). Mi opinión es que ellos son apolíneos por naturaleza, conceptualizadores natos, pero impotentes dionisíacos, nietzscheanamente hablando. Porque la música es, básicamente, dionisíaca. N.M. Cheshire sugiere que lo de la sordera musical de Freud es más un conflicto personal que una deficiencia cognitiva; algo parecido a lo que afirmaba Theodore Reik quien da a entender que la sordera le funcionaba como “mecanismo de defensa”.

IV. La falta de oído de los maestros fue destacada por sus discípulos algunos de los cuales no se quedaron en la congoja sino que se animaron a saltar la vallas apolíneas, sumergirse en lo dionisíaco (los planos sensual y expresivo de los que hablaba Aaron Copland) bailar como se debe y volver, sanos y salvos, a la siempre acogedora casa conceptual. Gracias a ellos podemos degustar un poco mejor no solo una “Muse de Lacan”, sino también pasar de un System of a Down a un Arvo Pärt o a un Morton Feldman sin mayores sobresaltos. Y eso sin dejar a un Bartók o un Xenakis en el camino. Sirva esto como homenaje a nuestro Arnoldo Liberman, pero también al imprescindible François Regnault, a Clément Rosset, a Jan Jagodzinski y su focalización en la “histerización de la escena posmoderna” o el fenómeno del “Fan addict”, Alexandra Harrison y tantos otros que le pusieron audífonos a sus maestros. Desde el arte, más que agradecidos. Desde el mundo psi, creo que también.

N. Patricio Reyes C.

Otras entradas de “Carne de diván, ensalada de Lacan”:

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San Miller, yerno
El psicoanalista que cazaba mariposas
Lacanibal

 

 

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